Estudiar Filosofía

Desde Perón para acá, ir a la universidad dejo de ser un privilegio en Argentina, para convertirse en una aspiración de la clase media y los sectores populares, que ven en la gratuidad de los estudios superiores la oportunidad para crecer, pertenecer y transformar las condiciones de posibilidad de un país que necesita de sus propios habitantes para resolver sus problemas y promover desarrollos significativos.

Si se realiza un breve recorrido por el sistema universitario argentino, es evidente que más de 50 universidades nacionales (se incluyen las tecnológicas) repartidas por todo el territorio nacional hablan de una impronta verdaderamente federal, que brinda chances a millones de personas de tener una opción más para elegir su destino.

La variedad de ofertas que cada casa de estudios propone surge a partir de demandas de la sociedad y del modelo de país que los gobiernos de turno han impulsado en distintos momentos de la historia reciente. A tal efecto, proliferan carreras vinculadas a las artes, las ciencias (sociales, naturales, exactas) y las humanidades, subdividiéndose a su vez en diversas ramas que dan cuenta de distintos campos del saber, los cuales devienen cuerpos de conocimientos organizados para ser enseñados y aprendidos.

En las últimas décadas hay una discusión que surge en torno al reparto de profesionales que egresan de las Facultades: al parecer, existe una desproporción que invita a la necesidad de fomentar el estudio de caminos vinculadas a la ingeniería y las ciencias naturales para atender a las crecientes demandas que se imponen en cada uno de esos ámbitos.

Sin embargo, las artes, ciencias sociales y humanidades, vienen logrando una serie de conquistas que repercuten fuertemente en la idiosincrasia de un país, capaz de poner en duda ciertos paradigmas para dar lugar a la ampliación de derechos. Este fenómeno no es solamente local, sino que se inscribe en los pueblos de la Región y, básicamente, en otros lugares del mundo occidental. El cambio se siente y tiene los aires de una revolución que al ser tan inminente todavía resulta difícil de dimensionar.

¿Qué disciplina se encarga de comprender los contextos, analizar las coyunturas y dar fundamentos a los debates, clave para el ejercicio democrático y participativo?

Sin lugar a dudas la FILOSOFÍA, que se presenta como un universo de ideas -en ocasiones rupturistas, en otras conservadoras- con roles llamados a rescatar la condición humana, interpelarla y someterla a permanente problematización. Todo ello no significa que sea una disciplina mejor o peor que otras; sino, simplemente distinta, con rasgos muy particulares que tienen la potencialidad de estar presentes en la multiplicidad de sus manifestaciones.

Y aunque todo aquello sea cierto, también lo es que la filosofía como carrera universitaria alienta una muy discutible formación clásica (centrada en autores y pensamientos) que incurre en el peligroso riesgo de repetir y no crear, anclándose en meros conceptos subordinados a dogmas, que la alejan de toda pretensión crítica y en movimiento.

Estudiar filosofía para encontrar certezas es un error; para generar preguntas, tal vez un acierto.

Lo que nunca debe perderse es el hecho de concebirla como un ejercicio; esto es, un entrenamiento: algo que no se estanca y habita un estar siendo permanente, desde lo más pequeño a lo más trascendental.

Ser filósofo no es saber demasiado.

Tampoco querer cambiar el mundo delante de un libro o sentado en barsuchos de café.

Por el contrario, consiste en una práctica que dura toda la vida y que tiene como máxima indispensable el nunca asumirse como tal desde la soberbia o el egoísmo.

Quizás, entonces sí, estudiar filosofía ayude a ser alguien en un contexto que predispone a la deshumanización.

[El jueves 16 de diciembre de 2010, hace exactamente 10 años, obtenía el título de Profesor de Filosofía, egresado de la UNLP.

No fue un camino fácil, ni desde lo personal ni desde lo académico.

Desde los últimos años de mi niñez sabía a qué quería dedicarme, pero la decepción fue muy grande.

Nada era como yo lo había imaginado; quizás porque uno de los defectos de ese camino transitado es tener una ilimitada licencia para idealizar al límite de lo absurdo y tropezando con la misma roca.

Así fue desde el inicio hasta el último examen final, para el cual había estado citado el lunes 13.

El profesor, Doctor en Filosofía, ni apareció. Las autoridades de la Facultad le avisaron que tenía un estudiante por rendir. Mandó a decir que el jueves de la misma semana podía.

Por tanto, ese 16 de diciembre me presenté, nuevamente a las 10 de la mañana. El hombre llegó a las 11.45, sin siquiera disculparse. Apenas me dejó desarrollar el tema que había preparado, interrumpiéndome para decirme que ya estaba.

Me firmó la libreta, me dio la mano y me felicitó. Sin más, se marchó.

Cuando salí de la Facultad no sentí alegría, sino alivio.

Me acuerdo que pensé mucho en mis padres, estudiantes de esa Argentina heredera de la mejor cara del peronismo. Sus esfuerzos para progresar, saliendo de orígenes humildes, habían sido conmovedores.

La primera persona que me llamó fue mi hermano: «Ahora vas a ser libre para elegir lo que quieras».

Tuvo razón.

Lo que sucedió aquella vez no fue el final de un camino sino más bien el principio].


Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s