Oportunidades perdidas

El último sábado 14 de noviembre, el equipo nacional de rugby -conocido como Los Pumas- se atrevió a lo imposible: derrotar por primera vez en su historia a los enormes All Blacks, selección de Nueva Zelanda, súper potencia del deporte ovalado.

La prensa y el público no dudaron en catalogar como hazaña el triunfo en el Tres Naciones jugado en Australia, porque después de un muy largo recorrido, Argentina daba un paso más para acercarse a la aún lejana élite de este tipo de competencias.

Por esos días, todo era elogio.

El impacto de las repercusiones también adquiría ribetes un tanto exagerados: se empoderaba la actuación como heroica, por parte de rugbiers encumbrados en la garra, el corazón, la entrega y valores que enorgullecían ese atroz encanto de ser argentinos.

Sin embargo, en esas bipolaridades que caracterizan al ser nacional, hay veces que no suele haber mucha distancia entre el cielo y el infierno.

El torneo siguió su rumbo.

Argentina animó el campeonato con los locales y la mencionada Nueva Zelanda.

Al llegar el momento de los partidos de revancha, nuevamente el rival fueron los All Blacks.

Como ya es costumbre, los rugbiers neozelandeses prepararon su ritual conocido como haka: una danza maorí que recupera la tradición de sus pueblos originarios, simbolizando con ella un mensaje desafiante antes de cada confrontación guerrera o deportiva, pero también símbolo de hospitalidad y respeto.

Antes de comenzar, Sam Cane -capitán del equipo vestido de negro- ofrendó como tributo la casaca de su selección con el dorsal número 10 y el apellido Maradona.

Los Pumas, de pie y abrazados en una misma hilera, sólo atinaron a mirar.

Cuando el baile terminó, un asistente del equipo albiceleste levantó de apuro la casaca en homenaje al ídolo difunto.

A propios y extraños, llamó poderosamente la atención la indiferencia de Los Pumas, una actitud repudiable en la idiosincrasia del rugby, que profesa valores como el respeto, la dignidad y el espíritu colectivo más allá de las victorias o derrotas.

De hecho, en su gesto, los All Blacks cumplieron con esa máxima de estar atentos a la cultura del oponente, siendo sensibles ante una coyuntura de duelo nacional por la muerte de Maradona; como ya se ha dicho, una persona que trascendió al fútbol.

En otras palabras, la iniciativa de Nueva Zelanda tiene un inmenso valor que fue ignorado por Los Pumas.

El duelo deportivo fue anecdótico: la victoria por amplio margen de los All Blacks puso las cosas en su lugar (aquel triunfo de Los Pumas, de hace unas semanas, sigue siendo una excepción).

Desde Argentina, no tardaron en llegar las indignaciones.

Diego Maradona ha sido un personaje controversial en muchos aspectos, menos en asuntos puntuales como su generosidad para alentar y seguir a los seleccionados nacionales y deportistas locales en cualquier lugar donde estuvieran compitiendo. En efecto, hay unas imágenes muy conocidas de una gira puma en Dubai, que contó con visita del astro a los vestuarios.

Casi como una cuestión protocolar, Pablo Matera -capitán de la Selección Nacional de Rugby- tomó la palabra en nombre de toda la delegación, que grabó un video institucional para pedir disculpas mientras lucían unos brazaletes negros y muy visibles para intentar dejar en claro su postura: también adherían al duelo por Maradona.

Sin embargo, eso no alcanzó.

A las pocas horas, se dieron a conocer mensajes de casi una década atrás, cuando el propio capitán Matera y otros integrantes del equipo como Guido Petti y Santiago Socino, expresaban mensajes desde sus respectivas cuentas de Twitter, cargados de xenofobia, impronta sexista y con énfasis en el antisemitismo.

Rápidamente, tales cuentas de la red social mencionada se cerraron.

El silencio fue cómplice.

La Unión Argentina de Rugby intentó tomar cartas en el asunto tras las públicas disculpas de los involucrados. Decidió sancionar y enviar un comunicado institucional desligándose del hecho.

Todo ello ocasionó la rispidez del plantel, que tras una serie de conversaciones con la cúpula dirigencial, logró calmar las aguas: la sanción (suspensión, sumario y revocación de capitanía en el caso de Matera) dio marcha atrás.

Pero el problema de fondo continúa.

En un año muy particular, con episodios de violencia que causaron la muerte de Fernando Báez Sosa en enero a manos de un grupo de jóvenes rugbiers de un club de Buenos Aires, el deporte está bajo la lupa.

La condición elitista lastima la pureza de una práctica que tiene nobles intenciones pero ante episodios así expone sus vulnerabilidades.

No son hechos aislados.

¿Qué pasa con la formación humana de quienes practican el rugby?

¿Por qué no se erradican esas concepciones de superioridad de clase, estigmatización, violencia real y simbólica?

¿Nadie piensa que si el deporte es un factor de inclusión, estos episodios no hacen otra cosa más que alejar a niños y adolescentes del sano y necesario ejercicio de la práctica lúdica, cooperativa, formativa en valores?

Es una pena que tras un gran paso adelante en el inicio de una gira que despertó la admiración general se den muchos más atrás hasta quedar, nuevamente, de rodillas y sin respuestas, no pudiendo eludir la vergüenza que da el hecho de seguir con esa extraña sensación de no estar aprendiendo nada.


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