El fin de la prohibición

Hace tres semanas -más precisamente, el último jueves 12 de noviembre- el Gobierno Nacional sancionó la Ley 27.350, mediante la cual se autoriza el uso terapéutico y paliativo del cannabis.

La novedad tiene amplias repercusiones en sectores de la población que desde hace mucho tiempo vienen gestionando la oportunidad de una mirada superadora y sin estigmatizaciones de una sustancia que en el imaginario social está fuertemente vinculado al consumo de drogas.

Sin embargo, diversas investigaciones y relevamientos al respecto (impulsados, en gran parte, por científicos de CONICET), pusieron de manifiesto la imperiosa necesidad de un cambio de paradigma, cuyo carácter de urgencia implicó rever y poner en duda estereotipos que no hacían otra cosa más que prohibir un derecho generador de mejores condiciones de vida.

Según diversos descubrimientos, se cree que la planta del cannabis está presente en distintos lugares del planeta desde hace al menos 7 mil años (probablemente, oriunda del Himalaya).

Si la medicina moderna surge alrededor del siglo XVI, ¿cómo podían tratar determinadas afecciones los pueblos milenarios? En parte, mediante el uso terapéutico de la sustancia en cuestión.

Más acá en el tiempo, proliferan otros antecedentes. En el actual territorio de Estados Unidos de Norteamérica, hacia comienzos del siglo XVII, se exigió a los colonos que cultivaran la planta. ¿Por qué motivo? Por el simple hecho de su uso textil. Al ser una tela resistente, servía para sogas en las embarcaciones, plena época de conquistas y viajes marítimos. Además, las hojas de cáñamo servía para la fabricación del papel y algunas vestimentas.

Así las cosas, ¿cuál es la causa de su prohibición? Una de las explicaciones se sitúa en los comienzos del siglo XX, con la inmigración mexicana al vecino país anglosajón. El uso recreativo alteraba el orden y generaba disturbios que rápidamente debieron ser neutralizados. Asimismo, el consumo estaba vinculado a la población afroamericana, razón por la cual comenzó una campaña de peligrosidad al ser identificado con los grupos marginales. En consecuencia, hacia 1913, California decretó como ilegal la preparación de la marihuana. Esa medida fue imitada por otros Estados, se expandió por el continente y llegó a Argentina, que se ocupó de considerar ilegal el consumo en 1924.

En esta historia, como en la Historia, también es importante tener en cuenta el factor económico y las relaciones de poder que se establecen a partir de las fuentes de riqueza. La planta del cannabis tenía determinados alcances ya mencionados (fabricación de papel, sogas, vestimentas y usos medicinales) que competían fuertemente con la industria de los grandes monopolios norteamericanos. La ecuación, entonces, parecería cerrarse en esas esperables razones y no en los asuntos morales con los cuales se caracterizó su utilización.

El comienzo de la última Dictadura Cívico Militar en 1976 hizo que Argentina reforzara sus estrategias de prohibición, no solamente por una cuestión de intereses económicos serviles al imperio que financió el terrorismo sino como método de vigilancia, control y castigo.

Las legislaciones que sucedieron luego no mostraron grandes avances al respecto; por caso, se siguió penando el consumo y no la tenencia.

Por eso, la última decisión abre las puertas para derribar prejuicios en favor del derecho a la salud. Los comprobados fines medicinales de la planta permiten tratar enfermedades físicas y psicológicas, además de estar al alcance de gran parte de la ciudadanía, incluso aquella que carece de recursos para su asistencia médica.

Está claro que la prohibición del cannabis medicinal llevaba implícita la incapacidad del Estado para generar conciencia a partir de campañas que expliquen sus beneficios y riesgos. Prohibir por prohibir era absurdo, ya que paradójicamente incitaba a la desinformación y el enriquecimiento de punteros clandestinos que lucraban con el deseo ajeno.

A partir de ahora, los médicos estarán habilitados para recetar el aceite de cannabis, podrá venderse en farmacias bajo receta y se crearán institutos de investigación para seguir estudiando los beneficios de la medicina.

Permitir el autocultivo es no tratar como delincuente a quien busca sanar un dolor.

En pleno siglo XXI, el cannabis medicinal está muy lejos del peyorativo significado de «drogarse». Hoy es una oportunidad para vivir más digna y sanamente, en su justa medida y con la supervisión de los especialistas.


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