El día menos pensado

En el barrio de La Boca, unos de los más característicos de la pintoresca capital porteña, hay una calle que tiene por nombre Caminito. Allí, en ese reservorio de argentinidad, se le rinde tributo junto a otras celebridades locales de impacto global como Perón, Evita y Gardel.

Todos ellos comparten la condición de ser iconografías, epicentros de encendidas pasiones y exageradas reverencias a cargo de un pueblo sufrido que le otorga al ídolo el derecho y la obligación de salvar y reivindicar.

Su historia tuvo el común origen de muchos pero el destino de unos pocos.

En el relato popular sucede el hecho mítico que caracteriza al recorrido del héroe: niñez humilde, genialidad, carisma, épica, exilio, regreso, dolor y muerte, por citar algunos componentes de la trova colectiva.

Fue el representante más destacado del deporte que se juega en cualquier rincón del planeta y ante todo tipo de circunstancias, incluso las más adversas que se podrían imaginar, porque en contextos de guerras, torturas y horrores, hasta los desposeídos se distraen echando a correr una pelota.

Por sobre los efímeros y peligrosos flashes de la fama, subsistió el hombre de virtudes y defectos, reinvenciones y excesos, gestos cálidos y repudiables. Alguien que reclamó paz ante el asedio pero nunca se animó a convivir a solas con el silencio y el olvido.

En esa demanda fulminante hubo un vínculo irrompible, el más genuino de todos: su profundo amor por el fútbol remite a la verdadera patria, aquella que evoca los momentos de la infancia, etapa ultrajada en una memoria que comienza a registrarse a partir de la era masiva de los medios de comunicación y que lo llevó a ser primicia permanente desde los 15 años de edad, cuando perdió su adolescencia.

Las últimas cinco décadas lo tienen como protagonista de una Argentina volcánica y visceral, siempre en vías de crecer pero autoboicoteándose.

Inspiró canciones, libros, películas y murales.

El gobierno nacional anuncia que a partir de hoy habrá tres días de duelo y se espera que sus restos sean velados en la Casa Rosada.

En Italia, las luces de la ciudad de Nápoles se encendieron para hacer causa común ante el deceso de su dios pagano.

La noticia tiene repercusión mundial.

A los 60 años de edad, el corazón de Diego Maradona se ha apagado para siempre.


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