¿Qué cambia realmente?

Estados Unidos de Norteamérica tiene nuevo presidente: Joseph Biden, a los casi 78 años de edad, llega a lo más alto del país del norte para ocupar el histórico sillón de George Washington.

Este demócrata, con amplia trayectoria en la política estadounidense, tiene como antecedente más destacado ocupar la vicepresidencia durante los dos mandatos de Barack Obama, entre 2009 y 2017.

Después de tres períodos consecutivos con reelección (Bill Clinton: 1993-1997, 1997-2001; George W. Bush: 2001-2005, 2005-2009; y el mencionado Obama), Biden ocupará el lugar de Donald Trump, presidente de un solo mandato, que se inició en 2017 y culminará el próximo 20 de enero de 2021.

En esa alternancia de poderes (demócratas-republicanos), la hegemonía volverá a manos de los primeros.

De los 328 millones de habitantes que tiene USA, estaban habilitados para votar poco más de 230 millones. En esta ocasión, casi el 65 % se presentó a ejercer su derecho a elegir autoridades (superando el 55 % de las presidenciales de 2016), en un sistema electoral complejo y optativo.

Aun con los datos anteriores, la noticia principal no es quién ha triunfado, sino el tenor del oponente derrotado: Donald Trump, el multimillonario que condujo los destinos de la nación, perdió el crédito ganado hace cuatro años.

Sus modos ultra personalistas, la exacerbación del odio a musulmanes, afroamericanos y homosexuales, sumado a un estilo de conducción sin disimulos ni escrúpulos, expuso las debilidades de un hombre que concentró el poder como pocos funcionarios antes. Además, profundizó la división política y social de los Estados Unidos, con mayoría de blancos y banqueros ocupando cargos de gobierno, lo cual acentuó las desigualdades.

El golpe de gracia estuvo dado por la pandemia del coronavirus: Trump, ridículo e histriónico, subestimó el caos mundial y habló de conspiraciones, mientras miles de compatriotas aún siguen contagiándose y perdiendo la vida por una atención sanitaria que no dimensionó la complejidad del asunto.

Fue la obscenidad del poder a partir de una expresión que en su momento supo caracterizar El Príncipe de Maquiavelo, una suerte de tratado filosófico-político escrito en el siglo XVI, que trata sobre el arte de gobernar desde estrategias basadas en artimañas y mentiras.

Su llegada a la presidencia no resultó casual: simbolizó, en una sola persona, el sueño americano de ambición, codicia y egoísmo. Accedió a esos deseos sin medir las consecuencias.

La clave de su derrota está en dos factores importantes: el aumento del caudal de votos (10 % suprior a las elecciones anteriores) y la participación de los sectores segregados (latinos y afroamericanos en primer lugar, víctimas de la estigmatización y el racismo legitimados desde las directivas oficiales).

En los países que son potencias mundiales, no parece ser tan importante el presidente como sí otros sectores de poder. Sin embargo, en Estados Unidos, el protagonismo del Primer Mandatario siempre ocupa principales planas a nivel global.

Durante los últimos 60 años, la figura del presidente ha quedado señalada por episodios de escándalo, debacle y controversia: John Fitzgerald Kennedy fue asesinado en 1963; Richard Nixon debió renunciar en 1974 por el espionaje de Watergate (persecución y amenazas a funcionarios opositores, encubrimientos del caso); en la década de los 80s, Ronald Reagan financió a las guerrillas anticomunistas en América Latina, África y Asia; Bush padre gozó de popularidad por su política exterior que incluyó participación decisiva en la Guerra del Golfo Pérsico pero no pudo evitar una notoria crisis económica; Bill Clinton debió afrontar denuncias de acoso sexual en el Salón Oval; Bush hijo continuó con la política armamentista de su padre pero el inicio de su mandato estuvo condicionado por los atentados a las Torres Gemelas en 2001; y Barack Obama, valorado por ser el primer mandatario negro en llegar a la Casa Blanca, obtuvo un muy discutible Premio Nobel de la Paz en 2009, que fue mayormente cuestionado años después, a partir de su decisión de atacar Siria aún sin tener el aval de Naciones Unidas.

Con Biden se abre algunas certezas y varios interrogantes. En principio, su política promete ser opuesta a las excentricidades y arbitrariedades de Trump. Además, anunció el regreso al Acuerdo de París sobre el cambio climático, que busca reducir los efectos que dañan al planeta.

Sin embargo, Estados Unidos continuará su rumbo. Allí, nunca gobierna el progresismo o la izquierda. El debate pasa por ser de derecha o de extrema derecha.

Por eso mismo, vale preguntarse: ¿Qué cambia realmente?

En países emergentes, la ecuación seguirá siendo la misma. Ningún problema desaparecerá de un día para el otro ni tampoco habrá solidaridades para aplaudir o agradecer.

Foto: Der Spiegel


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