Así, no

Cada trabajador tiene derecho a defender su salario, sobre todo si los gobiernos desoyen las demandas y la coyuntura impone adversidades de compleja índole.

La huelga y la protesta se consolidaron como nuevas maneras de reclamar justicia en la Argentina democrática, desde 1983 hasta la fecha.

En muchas ocasiones, esos pedidos se han cobrado vidas inocentes como efecto de luchas que sobrepasaron la confrontación ideológica.

Apelar al diálogo para generar acuerdos es una condición sine qua non de las prácticas propias de la democracia, pero cuando los grupos involucrados en los puntos que dan origen a un conflicto se sostienen en sus posiciones iniciales y niegan acercamientos, entonces sucede la violencia.

El pasado miércoles 9 de septiembre, oficiales de la policía bonaerense se vieron movilizados por un reclamo justo recurriendo a modos que la sociedad en su conjunto debe repudiar: armados, cercaron la Quinta Presidencial de Olivos, convirtiendo la protesta en una extorsión.

Como debe ser, fueron escuchados -tardíamente, pero escuchados al fin-, se concedió su pedido y volvieron a ejercer funciones.

La presente reflexión, que trasciende a cualquier gobierno constitucional, tiene la misión de no exagerar ni minimizar el hecho.

Las memorias de la Argentina reciente ofrecen un escenario de permanente disputa, en que una parte de la ciudadanía -desde la trinchera de sus intereses- acusa sin pruebas y no propone miradas superadoras ante su disconformidad, quedándose alojada en un preocupante resentimiento que lamentablemente es una decisión de vida.

A veces -y esto sí da escalofríos-, da la sensación de que personas instruidas no tienen reparos en pedir más balas que ideas, soñando una sociedad de premios y castigos, denigrando a quienes piensan distinto y considerando a la juventud como sierva del adoctrinamiento. El mismo sector, además, parece más ensañado en cuestionar sin escrúpulos a los partidos políticos elegidos democráticamente, no poniendo el mismo énfasis en manifestarse, por caso, contra la última Dictadura Militar.

Como enseña el filósofo francés Charles Pépin, el perfeccionamiento de la democracia requiere del nuestro.


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