Una cuestión de derechos: entre la niñez y las infancias

“Las cosas y las palabras van a separarse. El ojo será destinado a ver y sólo a ver; la oreja, sólo a oír. El discurso tendrá desde luego como tarea el decir lo que es, pero no será más que lo que dice”

(Michel Foucault, filósofo francés, 1926-1984; fragmento de Las palabras y las cosas, 1966)

El siglo XX, aquel que se vislumbraba como el del progreso de la humanidad, tuvo dos grandes reveses de dimensiones inconmensurables: ambas guerras mundiales pusieron en jaque a la especie, cuestionando más que nunca su ser y estar en el mundo, su propia condición y su destino.

Esa derrota –de la palabra, el diálogo y los acuerdos- marcó a generaciones que todavía ejercen la resistencia desde sus lugares de enunciación, encontrando eco en diversas manifestaciones que proliferan como huellas de memoria en cada rincón del planeta.

Albert Einstein, símbolo de la ciencia que prometía un mundo mejor, debió reconocer su frustración: de modo involuntario –pues sus intenciones claramente eran distintas- fue partícipe necesario en la construcción de la bomba atómica, clave para que los aviones sobrevolaran pueblos y los destruyeran. Poco antes de su muerte, se le atribuye esta afirmación: “no sé con qué armas se combatirá en la Tercera Guerra Mundial; pero en la cuarta, se peleará con palos y piedras”.

(Nuestro Don Ernesto Sabato, en una decepción similar con enorme impacto en su subjetividad, renegó de sus estudios en Física tras haberse doctorado; quizás por eso, vale decir, encontró un acto de reparación histórica para sí mismo al ser distinguido como presidente de la CONADEP, un compromiso humanitario que fue su legado a la sociedad; con ese aporte se iniciaron los juicios a las Juntas Militares, acto inaugural de la democracia argentina tras el último terrorismo de Estado).

Por todas estas desgracias, la Organización de las Naciones Unidas logra conformarse oficialmente en octubre de 1945, siendo integrada por países que desde ese entonces se juramentan garantizar la paz y la seguridad internacionales, apelando a la cooperación colectiva para la resolución de conflictos.

Aun siendo cuestionada (¿Por qué su sede y dos de sus tres oficinas están en países industrializados como Estados Unidos de Norteamérica, Suiza y Austria? ¿Todas las naciones están igualmente representadas? ¿Es un organismo verdaderamente democrático? ¿Tiene efectiva intervención en casos de conflictos que derivaron en otras guerras de menor magnitud que las mundiales pero también repudiables?), la ONU se expande a través de acciones que instan a consolidar y reconocer derechos: una de esas iniciativas de gran impacto a escala global es el reconocimiento de los derechos del niño; y en el caso de Argentina, se celebra desde 1960 por su recomendación.

El Día del Niño, tal su denominación, es un festejo que tradicionalmente –con sus modificaciones y contextos- suele tener lugar el primer, segundo o tercer domingo de agosto en Argentina; y además, remite a un concepto que en los últimos años empieza a ser motivo de debate.

La problemática del lenguaje inclusivo se hace presente en la construcción de subjetividades. De hecho, se trata de un debate político más que de una elección cultural.

Durante muchos años, la identidad de género fue invisibilizada en el discurso dominante. El uso del masculino tenía pretensiones de totalidad (“los niños” refería a niños y niñas por igual).

Luego, algunos usos del lenguaje abrieron otras posibilidades: la barra (niños/as), el arroba (niñ@as), la “x” (niñxs) y finalmente la “e” (niñes), se comportan como elementos constitutivos que nacen desde la gramática para inmediatamente trascenderla. Es decir: no se trata de una mera cuestión en los modos de enunciar sino de estadíos en el orden de ser y habitar la existencia.

Desde la Secretaría de Niñez, Adolescencias y Familia, funcionarios del actual gobierno proponen resignificar la fecha y hablar de “Día de las Infancias” o “Día de la Niñez”, atendiendo con esas denominaciones a la política de Estado que viene impulsando Argentina desde principios de este siglo, algo que no solamente se pone de manifiesto en la experiencia cotidiana sino que también tiene su legitimidad en las leyes, cada vez más amplias en el reconocimiento de los derechos vinculados a la cuestión de género.

Es así que, entonces, tendrían pertinente relevancia las ideas de Michel Foucault en una de sus obras más reconocidas: Las palabras y las cosas, publicada en 1966. Entre tantos otros asuntos, el libro aborda la complejidad que implica la organización del mundo a partir de los discursos, algo que –por ejemplo y relacionándolo con el tema que aquí nos ocupa- surge desde la interacción de campos distintos del conocimiento como el lenguaje (os/as, @, “x”, “e”), la biología (varón, mujer) y la economía (el sustantivo masculino como la totalidad que incluye a cada una de las partes; entre ellas, la femenina).

Referido a lo anterior, y a modo de ejemplificación, postular el sustantivo masculino como totalizante es crear relaciones de poder –concientes o inconcientes- con subjetividades que entran en tensión. Si esas mismas subjetividades consolidan sus lugares (Amo-Esclavo) en una sociedad que reproduce esas ubicaciones, el efecto puede ser devastador, porque sería convertir en hábito una relación en condiciones de desigualdad.

Asimismo, la distinción binaria (en este caso: “niños”, “niñas”) excluye otras identidades que al poder ser nombradas tienen su entidad: la identificación sexual en varón y mujer no necesariamente se vincula con cómo cada persona siente, vive, reconoce y autopercibe su identidad de género, aspecto que no siempre es inmutable y, por lo tanto, puede transformarse en el transcurso de una vida.

Las voces disidentes a estas nuevas prácticas en el ejercicio del lenguaje elevan sus quejas señalando que incluir pasa por otro lado, dirigiendo la atención a derechos continuamente vulnerados en sociedades desiguales. Podríamos decir que su indignación es incompleta, porque un derecho vulnerado vinculado a la identidad también es una violación inaceptable.

Ni siquiera apelar a la Real Academia Española (al fin y al cabo, una falacia por apelación a la autoridad: “es así porque lo dice este organismo prestigioso”) puede ser un fundamento sólido. ¿Alguien debe ser capaz de determinar cómo es la correcta manera de hablar? ¿Por qué habría que obedecerse a nomenclaturas que imponen condiciones? ¿Acaso no hay una muy delgada línea que separa a la convención del acuerdo?

Si la percepción del mundo se organiza a través de una comunidad de hablantes que para comunicarse tienen que establecer criterios que permitan generar vínculos, adecuar el discurso se vuelve indispensable para dar sentido a las acciones (aunque sea, como instinto de supervivencia).

En el Día del Niño se regalaban autos de colección y soldados de goma a los varones; muñecas y sets de cocina, a las mujeres. Para ellos, primaba el color azul; para ellas, el rosa.

Todo eso, en casos extremos –y no por eso menos recurrentes- eran potenciales generadores de violencia real o simbólica.

Actualmente, algo está cambiando.

Desde la Cámara del Juguete se anuncia que no hay mercado para las réplicas de armas, que proliferan los juegos de mesa y una concepción mucho más universal de la diversión.

Lo sabemos: jugar es un derecho.

Hace a la salud mental y social. Genera empatía y amor por la vida.

Reconoce a menores de edad como sujetos a respetar, valorar y cuidar por el solo hecho de encontrarse en esas circunstancias.

Con todo esto, sólo agregar: el Día de las Infancias (o Día de la Niñez) debe ser todos los días.

Foto: Unicef Argentina

 

El Rosal - Salta03


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