Vidas que no vuelven

En la madrugada del lunes 20 de mayo de 2019, cinco jóvenes (cuatro menores y un mayor que conducía el vehículo, con edad más cercana a la adolescencia que a la adultez) se subieron a un Fiat 147 en la localidad bonaerense de San Miguel del Monte.

Al ver a un patrullero policial, aceleraron; motivo por el cual se inició una persecución cuyo desenlace fue fatal.

El automóvil chocó contra un acoplado, causando la muerte de cuatro de sus integrantes: Gonzalo Domínguez (14), Camila López (13), Danilo Sansone (13) y Aníbal Suárez (22). La única sobreviviente, herida en grave estado y hoy recuperada, fue Rocío Guagliarello (14).

Hasta aquí, los hechos tal como han sucedido.

A partir de entonces, surge en paralelo una trama de denuncias, complicidades, corrupción, abuso de poder y negligencia, que investiga la Justicia.

El acontecimiento puso una vez más en debate las políticas públicas en materia de seguridad, problemática que ningún gobierno -liberal, conservador, progresista, pragmático, moderado y todas las vertientes habidas y por haber- ha logrado resolver en Argentina.

Como en tantas otras tragedias del país con la etiqueta de evitable, se expone la fragilidad de las autoridades, sintetizada en una indignación popular que no duda en señalar: «El Estado es responsable».

El conflicto ingresa en otro laberinto cuando queda reducido a dos caminos opuestos y con aspiración de hegemonía; una disputa q pone en tensión dos posiciones radicalizadas: por un lado, la rigurosidad sin concesiones en el cumplimiento de las leyes; por el otro, la contextualización de la ciudadanía que delinque, considerando los actos cometidos como consecuencia de una sociedad que excluye.

Más que los delitos en sí mismos -graves e irreversibles en el peor de sus escenarios-, el inconveniente debería centrarse en quienes delinquen, anticipando tales episodios a partir del fortalecimiento de políticas que resuelvan deficiencias en materias de salud, educación, vivienda y trabajo.

De lo contrario, una bala, un maltrato, una persecución, siempre serán violentos arrebatos propios de un estado de naturaleza en que sólo perduran los más fuertes.

 

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