La escritura como testimonio de existencia

En la etapa escolar, las materias que aparecen como más preponderantes son Matemática y -la hoy denominada así- Prácticas del Lenguaje.

Los índices de analfabetismo se miden en función de las aptitudes vinculadas a la lectoescritura.

Las pruebas internacionales para dar cuenta de progresos, retrocesos, fortalezas y debilidades en el aspecto educativo, tienen a la comprensión y producción de textos indicadores esenciales de conocimiento.

Durante algunas décadas, hacia mediados y fines del siglo pasado, en tiempos previos a la era de las nuevas tecnologías de la información, era usual regalar a las adolescentes el famoso diario íntimo, que tenía un candadito con llave para que nadie leyera lo que allí se exponía.

Hoy en día, la escritura circula de otros modos, ya no tanto en el formato papel sino vía digital; incluso, con pretensiones más acotadas y acordes a facilitar la rápida viralización, aspecto elemental para comprender las tendencias actuales y sobrevivir al universo de las vertiginosas redes sociales.

Claro, antes todo llevaba más tiempo. La escritura era una práctica artesanal, hecha a mano o en la rudimentaria herramienta del momento: las máquinas de escribir, que al final de cada línea tenían un rollo en el encabezado que debía volver a movilizarse hacia la izquierda para comenzar así un nuevo renglón imaginario.

Sin embargo, vale decir que el hábito es ancestral.

La evolución humana, en términos antropológicos, desarrolló medios de comunicación creando símbolos y dándoles significados que luego fueron profundizándose hasta devenir un entramado complejo de dimensiones extraordinarias.

Entre la tradición oral y la creación de un dispositivo gráfico, pasaron años, décadas y siglos. La Biblioteca de Alejandría marcó un hito. La invención de la imprenta, lo mismo. Así hasta llegar al mundo de la Internet, una revolución sin precedentes. Cada gran acontecimiento de esta naturaleza respondió a la diversidad de los lenguajes: gestuales, modulares, visuales, escritos y en clave de algoritmo.

Pero, lógicamente, subsiste en todo lo anterior una necesidad: tal vez imperiosa, tal vez urgente, tal vez demasiado intrínseca para que quede guardada en cada uno.

Hay un momento de la vida en que una persona está consigo misma; y esa tensión de convivir con la incomodidad puede derivar en los deseos de encontrar una salida exógena, es decir, por fuera de lo propio.

En tal sentido, escribir trasciende al hecho literario de conectar intercaladamente prosas y poesías.

Contar algo (en ocasiones íntimo, en otras de manera pública) puede suscitar un vínculo con el psicoanálisis; esto es, dar lugar a la palabra en una libre asociación de ideas.

También con la filosofía, en tanto permite el autoconocimiento (o algo alusivo a él) inspirador de reflexiones y también aprendizajes.

La historia -narrar hechos que ya pasaron- atestigua con seguridad que algo hubo corrido.

Y entonces, dicho así tan prontamente, escribir resulta sanador, casi un acto instintivo de supervivencia, en el que se afirma -por las dudas, haya o no lectores aparte de nosotros- la única certeza posible: que estamos existiendo.

Tiene que ver con encontrarle algo de sentido a la vida, por ahí descubrir o reafirmar identidades, o a lo mejor recordar quiénes hemos sido alguna vez.

Y en caso de que no haya un por qué definitivo, al menos se encontrará una tregua para unir ese sinsentido en un hilo conductor.

Foto: Wallpapper Better

Máquina y muchas cosas

 

 

 


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