¿El futuro ya llegó?

Si hablamos de imaginarios sociales, sucede algo particular con las ideas alusivas a la «tecnología». Inmediatamente, aparece asociada al progreso, el bienestar, el confort, la felicidad, las nuevas oportunidades.

No existe un primer rechazo.

Diríase que hasta incluso se presenta como esperanzadora para grandes adversidades propias de la humanidad: problemáticas de salud, condiciones de vida, el hambre, la pobreza.

La tecnología es un fenómeno que remite a la era de la industrialización. El capitalismo tuvo su auge porque se concibió en términos de productividad: más en menos tiempo, las máquinas en lugar del hombre.

Hay como una idealización que permite otorgarle entidad a sucesos que de tan increíbles en su momento luego devienen mágicos: un corazón artificial, las hazañas de ganarle a la naturaleza o someterla a los caprichos humanos, y la generación de las pantallas como el último fenómeno que carece de toda limitación.

Claro, la Internet modificó la relación espacio-tiempo, algo que tuvo su máximo apogeo en los aportes de Newton, Einstein o Hawking, quienes se expresaban principalmente mediante ecuaciones.

Y hoy, mientras la pandemia del coronavirus crea nuevas condiciones de vida que -entre otros ámbitos- impacta en la educación, ya no sorprende la posibilidad de ser sin necesariamente estar.

La nube es un no-lugar de cualidades infinitas. Una entelequia medida en bytes, algoritmos, representaciones mentales que puede decodificar el sistema cerebral de la especie que la creó.

¿Cuánta información hay en este momento circulando por ondas espaciales, yendo y viniendo en un código de almacenamiento que se desplaza en la concentración energética del universo?

Imposible e inútil es medirlo.

Mejor pensar en otras cosas.

Por ejemplo, la robótica.

Hay quienes tienen muy latentes las publicaciones de las décadas de los 70 y 80, como la revista Muy Interesante o los documentales con esas voces mal dobladas en un español atravesado o latino neutro.

Todas ellas empecinadas en mostrar las presencias de robots en forma de humanoides (con piernas, brazos, ojos, boca, lenguaje y expresividad).

En occidente, venían a dominar el mundo, acabar con las personas, presentar un panorama apocalíptico.

En oriente, lo contrario: son presencias que están al servicio de la sociedad, simplifican tareas, mejoran la calidad de vida.

Hay en esos estereotipos un signo de los tiempos. Mientras una parte del mundo asume la tecnología como la cosificación del hombre, otro sector del planeta lo ve como el logro de su emancipación.

Quizás haya llegado el momento de comprender que, en coyunturas tan complejas como las actuales, la tecnología debe concebirse en términos de información y no de entretenimiento.

La robótica, por caso, sería un conjunto de dispositivos sofisticados encargados de hacer todos esos esfuerzos que un grupo de la población ya no puede lograr.

Además, tendrían la cualidad de no contagiar ningún virus o enfermedad.

Asimismo, ¿el futuro de la educación formal será gobernado por clases virtuales, con docentes gestores del conocimiento y estudiantes atomizados, mientras los Estados nacionales se evitan mantener la infraestructura que para los Dueños del Mundo es un gasto y no una inversión?

Todos estos planteos han dominado -principalmente- las artes, la literatura y el cine, del siglo XX.

Lo que cambia hoy es el contexto.

No se vaticina el fin de la humanidad sino el de la ciencia ficción.

 

Futuro

 


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