La desolación de la especie

Si se repasara la historia de la humanidad habría varias escalas imposibles de omitir. La conjunción de cuatro elementos (agua, aire, fuego, tierra) son fundamentales para comprender la magnitud de todo aquello que sucede en el planeta.

En sus estudios sobre los seres vivos, Charles Darwin desarrolló todas sus investigaciones al servicio de una explicación mayor surgida de una pregunta elemental: ¿cómo sucede la vida en la Tierra?

La llegada en el siglo XIX a la Isla Galápagos resultó clave para este naturalista de origen británico, que desplegó los conocimientos en su haber apelando al auge del método científico propio de la época (observación y experimentación). Así, advirtió que las especies tenían un pasado común y evolucionan para sobrevivir al medio, creando adaptaciones que -diría luego Gregor Mendel- dan lugar a cambios genéticos que se van transmitiendo de generación en generación, dotando de nuevas características a cada grupo.

Esta perspectiva que rápidamente ganó la aceptación de los especialistas contrastó inicialmente con la mirada hegemónica del creacionismo propuesta por la religión. En una era antropocéntrica como fue la Edad Moderna, no alcanzaban las afirmaciones; debían existir, también, demostraciones.

Darwin se ocupó de ello y sus descubrimientos forman parte de los grandes hitos de la ciencia. A partir de sus aportes, otras disciplinas (como la biología, la sociología y la economía) se encargaron de ampliar sus horizontes.

También la filosofía, que por ejemplo se encargó de comprender el contexto a partir de otras preguntas, no tan existenciales y sí más bien coyunturales: ¿cómo fue que la especie humana no fue devorada, acaso, por los leones?

Probablemente, el círculo de este interrogante se cierre con el surgimiento del dedo pulgar, cuya aparición permitió a la humanidad tomar objetos del entorno y transformarlos; y como -enseña la psicología- la manipulación de utensilios (desde herramientas para sobrevivir hasta juguetes en la era del industrialismo) estimula al cerebro, logrando habilitar en el ser humano otras posibilidades -erguirse, en tiempos inmemoriales; socializar, en tiempos actuales- para vincularse con el medio.

Todo ello viene a colación de explicar cómo la especie humana logró dominar y dañar a la naturaleza en términos casi paralelos.

Hoy en día este debate vuelve al centro de la escena, cuando gran parte del globo permanece recluida en sus encierros por temor a las consecuencias de un virus devastador que alteró las condiciones de vida de la humanidad.

La amenaza del COVID-19 tiene la paradoja de solamente afectar a la especie humana pero no a vegetales y animales, que en un resplandecer inédito para sus condiciones de vida vuelven a las grandes urbes en busca de alimentos y se valen de un cielo despejado -libre de polución- que se refleja en aguas cristalinas y en un aire puro que da oxígeno al ambiente.

Salvando las distancias, este escenario «detenido» logra ser equiparable al que se evidenció luego de las guerras mundiales del siglo XX, durante el auge de la tecnociencia. Ahora mismo, la disputa es biólogica, superior -porque cada vez hay más habitantes- a otras plagas y pestes que azotaron a la Tierra durante otros períodos de la historia.

Se sabe que la vida humana culminará algún día, dentro de mucho tiempo; pero ese episodio será muy anterior al colapso definitivo del planeta. No menos cierto es esa frase que se le atribuye a Albert Einstein, en plena decepción porque el progreso de la ciencia no siempre iba de la mano del progreso de la humanidad: «no sé cómo será la Tercera Guerra Mundial, sólo sé que la cuarta será con piedras y lanzas».

Aunque no estemos allí cuando suceda, ese estado primitivo -con seguridad- será la salvación para otras especies que pudieran estar en vías de extinción.

Foto: La Nación

 

Monos Tailandia

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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