La libertad de expresión

Uno de los personajes de historietas más conocidos de Argentina y América Latina es Mafalda, genial creación del mendocino Joaquín Salvador Lavado Tejón (simplemente, Quino).

El personaje retrata a una niña de clase media, con amplios cuestionamientos al sistema político del país, sus estructuras sociales, aspectos culturales y también estereotipos. Mordaz a la hora de mirar al mundo, se muestra crítica, reflexiva e irónica sobre aquellos dispositivos que buscan adormecer y dominar a las sociedades.

En una de sus viñetas más recordadas, la pequeña Mafalda se detiene ante un graffiti. Sobre una pared, lee una idea sin terminar «Basta de censu…». La palabra incompleta, lógicamente, es «censura».

Apelando a un metalenguaje (lenguaje que habla sobre otro lenguaje; en este caso, el escrito sobre el gráfico), Quino plantea claramente que el hecho de exigir la prohibición de la censura es -paradójicamente- censurado.

A partir de ello, podrían surgir algunas consideraciones en torno a la libertad de expresión:

  • ¿En qué consistiría -concretamente- ser libres para expresarse? ¿En decir lo que uno desea sólo porque tiene voz? ¿En denunciar? ¿En exteriorizar la adhesión y/o repudio a ciertas causas, personas, ideologías, acontecimientos?
  • ¿Qué se debería tener en cuenta: la responsabilidad, la ética, el conocimiento, las vivencias particulares?
  • ¿La libertad de expresión debe ir acompañada de hechos comprobables o alcanza con emitir opiniones, posicionamientos, y hasta emociones al respecto?

En tiempos de fuertes sectores que defienden ideales cada vez de una manera más radicalizada, conviene correr de eje por un rato el centro de ese debate para adentrarse a una cuestión más compleja.

Hay un problema con la idea de verdad. En términos positivistas, ella resulta absoluta e indiscutible; en perspectiva culturalista, sus alcances pueden ser relativos y hasta opinables.

Derivado de ello, el asunto es comprender qué pasa con la otredad, la visión de lo distinto. ¿Una sociedad democrática consiste solamente en que cada uno de sus integrantes manifieste una idea a modo de monólogo o debería ser norma y no excepción el hecho de generar diálogos que expandan diversos puntos de vista?

Por otra parte, también sucede el riesgo de la pretensión de objetividad. En virtud de ella, hay personas que se jactan -por ejemplo- de no expresarse políticamente, porque así estarían «contaminando» una escena en la que también forma parte la figura del interlocutor. Ese modo de proceder estaría escondiendo dos debilidades: una, subestimar a los demás (con lo cual habría, implícitamente, un dejo de soberbia); la otra, cierta tibieza al esconder algo que no debería por qué ocultarse. Además, es ignorar lo innegable: cada ser humano es un sujeto político. Por tanto, decir, callar, insinuar, son acciones políticas.

Otro asunto muy distinto -y que no debe confundirse- es el hecho de ejercer adoctrinamientos, porque eso sí supone la imposición de miradas únicas y el rechazo a todo atisbo de pensar diferente.

(Si personal de una escuela muere trágicamente a causa de la negligencia de un Estado que no se preocupó en revisar los escapes de gas, el hecho debe ser inspirador de conciencia para que no vuelva a ocurrir; ahora, si los adultos -padres y Directivos de una institución- buscan de alguna u otra manera censurar la socialización de lo sucedido, estamos ante un episodio grave, sobre todo si luego se vende la irrealidad del juicio crítico y la apertura mental; y así con otros casos más, por citar tan sólo algunos).

En cuanto a los medios de comunicación, suele ocurrir esa delgada línea entre la opinión relativa y la afirmación de episodios que directamente jamás han ocurrido. Ahí ya no habría discusión para instalar el repudio, porque aparece la mentira como telón de fondo.

Más allá de estos apuntes, puede ser más saludable habitar un «estar siendo» (poner en revisión ideas y valores, interactuar con otras perspectivas) que mantenerse cómodo en el resentimiento de insistir con dos o tres conceptos repetidos obstinadamente y sin ningún mínimo ejercicio reflexivo; dañando en ocasiones y desperdigando a las redes -sin hacerse cargo- mensajes a modo de pulsión por si cualquiera deseara hacerse eco.

Foto: Tomo N° 9 de Mafalda, Ediciones de la Flor, 1986.

Mafalda

 

 

 

 

 

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