Los días en la soledad

¿Cuándo surge la idea que conceptualiza la práctica de lo que estudios de distintas disciplinas llaman civilización? ¿En qué momento se toma conciencia de la afectividad como un rasgo esencialmente humano? ¿Cómo se convive con la soledad?

De pronto, el mundo se detuvo.

Puso pausa.

Y la ciudadanía entera se guardó en sus casas, congelada como cuando de niños se jugaba a ser estatua.

Un Decreto de Necesidad y Urgencia concentró la atención de todas las miradas, todos los oídos y todos los latidos: el Presidente de la Nación habló por Cadena Nacional para anunciar algo importante («Aislamiento Social Obligatorio»).

En los viejos manuales de ese espacio curricular que en la historia de la educación argentina tuvo varios nombres (Instrucción / Educación / Formación Cívica; y que actualmente es Formación Ética y Ciudadana, Construcción de Ciudadanía), había una unidad destinada al estudio de la Constitución. En ella, los docentes a cargo -generalmente formados en Abogacía, coral recitado de leyes largas e inmutables- enviaban la precisa directiva de aquello que debía estudiarse casi sin intervención didáctica: entre las atribuciones del Poder Ejecutivo figuraba su potestad para tomar decisiones fuertes en caso de eventualidades. Una de ellas, evitar el Estado de catástrofe (la amenaza civil, natural o sanitaria).

«Las cosas no pasan hasta que pasan», suelen decir las personas entradas en edad.

Razones no les faltan.

La teoría del caos deriva de un proverbio chino: «El aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo». Justamente, eso: China estornudó, se resfrío Europa y hoy América está incubando el virus que lleva una corona como metáfora de afán imperialista.

Argentina procedió rápidamente.

Primero anunciando cuarentena de unos pocos días y suspendiendo clases escolares.

Luego, asesores profesionales en distintas áreas sugirieron medidas mayormente restrictivas a partir de estudios de caso que anticipan lo peor. Si la predicción funciona, será complejo, triste y duradero, pero se salvarán muchas vidas y no colapsará el sistema sanitario.

Por tales motivos, se cerraron fronteras definitivamente, legislándose además un resguardo preventivo (exceptuando a servicios de salud, seguridad y alimentación; también, al transporte público y los medios de comunicación). 

El alivio sustancial se completa con otras extremas normativas: las Fuerzas de Seguridad tienen la misión de patrullar y recorrer las calles para detener a quienes incumplan con la ley. Es decir: la vigilancia, el control y el castigo, cobran notoriedad ante personas cuya idiosincrasia se vuelve contraproducente para la coyuntura actual (hay algo de eso en esta sociedad: se mantiene somnolienta e idiotizada cotidianamente ante los dispositivos digitales, pero cuando hay una prohibición tiene ganas de pasear).

El escenario es desolador.

Hay un silencio que aturde, un vacío que ahoga, una quietud que sacude fibras íntimas.

Salvando las distancias, desde el último Golpe de Estado no se vivía algo así, en una reclusión que también puede enfermar.

Esas realidades estuvieron muy bien retratadas por algunas obras de la ciencia ficción literaria. En su libro Fahrenheit 451, Rady Bradbury crea una sociedad distópica y oculta de esa autoridad irritante que hacía quemar los libros de la población para que no pensara más. Por su parte, los bomberos se encargaban de apagar los incendios cuando ardieran los papeles. Y un grupo de voluntarios, desde su resistencia, se dedicaba a memorizar ideas para que ellas nunca se perdieran.

Desde hoy, viernes 20 de marzo, y hasta el próximo martes 31 de este mismo mes, se abre una tregua que parecería prolongarse indefinidamente.

Mientras tanto, en cada hogar, muchas historias acontecen.

¿Qué pasará con quienes transitan alguna enfermedad física o emocional y no pueden valerse por sus propios medios?

¿De qué vivirán los trabajadores en negro, lejos de leyes que los amparen?

¿Adónde estará la gente en situación de calle, sin techo ni comida diarios?

¿Cómo se protegerá a los barrios muy humildes, que habitan en condiciones de hacinamiento, todos juntos y superponiéndose por falta de espacio?

¿Qué sentirá la población carcelaria, ahora que parcialmente -y de algún modo- no es excepción?

¿Quiénes consolarán a los sujetos que padezcan la pérdida de un ser querido y no puedan ir a despedirse?

¿Cómo estarán aquellos que verdaderamente se encuentran solos en el mundo, con Dios o la inmensidad del universo siendo testigo de sus miedos, tribulaciones y lamentos?

Tal vez, como decía Galeano, sólo quede la utopía.

Dar un paso.

Otro.

Y uno más, también.

(Por si las dudas).

Siempre así.

Hasta que la pandemia se vea derrotada por gente responsable, solidaria y obediente; que le dio la espalda pero que a su vez saldrá, cuando vuelva el sol, a gritar su libertad.

 

Aislamiento


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