El Doctor Bilardo

Hay personas que trascienden su propia investidura y devienen personajes. A algunos se los devora ese otro yo al punto tal que -de tanto impacto- terminan convirtiéndose en esa versión caricaturesca de sí mismos, recubriendo un verdadero rostro que el paso del tiempo caprichosamente ha ocultado.

A sus flamantes 82 años de edad, Carlos Salvador Bilardo es mucho más que ese hombre plagado de tics, con un hablar arrebatado, repetitivo, autorreferencial, dueño de aspectos vinculados a la neurosis obsesiva conjuntamente a una manera de ser autoexigente y al borde del abismo, el dolor y el sufrimiento.

Se trata de una de las figuras más importantes de nuestro fútbol porque ha logrado trascender los límites del campo de juego.

Hay una filosofía e ideología bilardistas aplicables los modos del existir en general, ni siquiera a las maneras de entender un juego.

El bilardismo surge como una expresión folclórica, tenaz y hasta maquiavélica, que pone en tensión los valores de la ética humana con la lógica productiva de los procesos.

Bilardo, hijo de padres de clase media obrera y nieto de un inmigrante italiano que huyó de la atrocidad de la guerra, no concibe una vida ociosa porque el placer es perder tiempo.

Trabajador obstinado, su historia está marcada por la lucha, la pasión y el esfuerzo.

Como futbolista, llegó a Primera División de San Lorenzo de Almagro sin ser superdotado atlética ni técnicamente. Luego, tuvo un discreto paso por el humilde Deportivo Español hasta que recaló en un equipo que cambió la compostura de su época: el Estudiantes de La Plata de Osvaldo Zubeldía fue un equipo revolucionario que hacia finales de las década del 60 impuso un estilo basado en la observación de los rivales, el disciplinado entrenamiento táctico y el juego al filo del reglamento.

Su más aplicado alumno fue Bilardo, alguien que -según cuentan- hacía lo imposible para ganar: las malas lenguas lo acusan de apelar a la trampa, hincar con alfileres a los rivales y hasta pellizcar o hablarle de intimidades a sus marcadores para ridiculizarlos y distraerlos de su principal eje.

Sin embargo, ese relato que hace al personaje contrasta con las virtudes de un laborioso mediocampista de ida y vuelta, que mientras era futbolista inició, permaneció y egresó de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires: Carlos Salvador es doctor especializado en ginecología, un profesional que estudió gracias a los beneficios de la educación pública.

Luego del retiro tras su exitoso camino como deportista (multicampeón de Argentina, América y el Mundo con el club platense), inició la carrera de entrenador, y a poco más de una década en su ejercicio (con ciclos destacados por Estudiantes de La Plata e interesantes pasos en clubes de Colombia, entre otros) le llegó una designación que por aquel entonces era considerada un honor: conducir los destinos de la Selección Argentina, lugar adonde llegó impulsado por la influyente revista El Gráfico; permaneciendo en el cargo durante ocho años, dos Mundiales, un título en México 86 y un subcampeonato en Italia 90, además de sumar muchos admiradores así como también innumerables detractores (destacándose entre ellos una línea liderada por el fútbol puro, pulcro, libre y estético de César Luis Menotti, quien junto al Grupo Clarín y otro importante sector de la prensa le marcaron una fuerte oposición).

Bilardo acrecentó su fama de ícono cultural durante aquellos años: era imitado por los programas de humor y su palabra solía tener importante presencia en los medios. Sus métodos estratégicos eran cuestionados porque iban en contra de la idiosincrasia del argentino estándar: simple, bravucón, impaciente y con aspiraciones de grandeza en base exclusivamente al talento. Sin embargo, persistió en sus ideas.

Apostó por un joven Diego Maradona a quien hizo capitán antes de jugar, ganándose la fidelidad del futbolista emblema de su ciclo, en detrimento de una gloria como Daniel Passarella, de reconocidas credenciales y líder que comandó la gloria del ciclo anterior: fue quien levantó la primera Copa del Mundo para el país, en los oscuros días de la Dictadura Cívico Militar del General Videla.

En Bilardo habitan las contradicciones: un entrenador acusado de anti-fútbol que le dio confianza y vuelo propio al jugador habilidoso y gambeteador más grande de la historia; un jefe que se jactaba de estar en todos los detalles pero que, aún así, fue DT en Mundiales de algunos futbolistas que luego tuvieron serios problemas con las adicciones; una persona que se autodeclaraba ganadora cuando en realidad en décadas de carrera ha tenido más derrotas que victorias.

Carlos Salvador siempre fue polémico.

Los que lo quieren sin condicionamientos lo llaman Narigón por obvias razones.

Los que le perdonan muchas cosas le dicen Doctor.

Los que lo defenestran deciden tratarlo de loco o enfermo, minimizando su influencia mientras le aplican otros hirientes apelativos.

Al margen de las diversas opiniones y consideraciones, Bilardo representa el barrio y la academia, la picardía y la seriedad, las malas artes y la ley, la intuición y el plan ejecutado, el cerebro meticuloso que derrapa ante las exageraciones, el devoto de la Virgen de Luján y la persona insegura que iba acumulando cábalas que no debía olvidar ante cada cita importante; una persona que se preparó para trascender, un adelantado en su tiempo, alguien que reunió virtudes y defectos pero que pudo estar más allá de ellos.

Es cierto que Bilardo tenía cosas insólitas y repudiables: la mitología popular afirma que fue capaz de intoxicar a un rival en pleno Mundial haciéndole beber agua podrida; y hasta algunos testigos se animan a comentar por lo bajo que mandó a quemar secretamente una bandera celeste y blanca para que sus jugadores sintieran el orgullo herido, como una estrategia de motivación surgida desde la indignidad.

Al dejar la Selección Nacional en 1990 ya no fue el mismo.

Le fue mal en varios clubes.

Lo convocaron para difundir el fútbol en países sin tradición.

Quiso ser Presidente del país a principios de este siglo.

Fue actor en un programa de humor en donde hacía de sí mismo.

Salió al aire en tono alegre, un poco pasado de copas mientras golpeaba a un león de peluche en Alemania 2006.

Se peleó y reconcilió con Maradona muchas veces (hoy, en el otoño de sus días, ambos parecen haber encontrado la calma ante tantas acusaciones mutuas -sobre todo de parte del 10- que se han prodigado).

Tuvo un programa de radio durante dos décadas en una emisora que lo usó y cuando ya no lo necesitó, lo echó.

Desde hace un tiempo, lucha por su vida.

Padece una enfermedad degenerativa vinculada a la demencia.

Ahora se encuentra estable y al cuidado de sus afectos: Gloria (su mujer) y Daniela (su hija). A ellas siempre se reprocha no haberle destinado el tiempo suficiente para compartir con ellas.

Hoy, en un acto de reparación histórica, varios de sus más emblamáticos dirigidos lo resaltan como una persona que transmitió amor y compromiso, que educó, hizo escuela, estuvo siempre acompañando en las buenas y en las malas a todas las familias.

Bilardo ya no volverá a ser lo que era.

Pero esta ahí, en el amor de esa gente que lo reconoce como parte de la memoria colectiva.

En el día de su cumpleaños, va un saludo con respeto, gratitud y también cariño.

 

Narigón_Bilardo_1986

 

 


2 respuestas a “El Doctor Bilardo

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