¿Cuánto tiempo te ocupan las redes sociales?

Suele circular por la Internet una imagen acompañada de una suerte de testamento que sintetiza el espíritu de una época:

«Twitter te hace pensar que eres sabio,

Instagram que eres fotógrafo

y Facebook que tienes amigos.

Despertar va a ser duro».

Van poco más de 15 años en que Mark Zuckerberg junto a unos compañeros universitarios creó el dispositivo que cambiaría las relaciones interpersonales para siempre. Sus sueños de joven poco apuesto para los parámetros hegemónicos de atracción fatal contrastaron con su lucidez para dar luz a Facebook, la red social que revolucionó las comunicaciones; y que si no hubiera sido impulsada por él, alguna otra persona la habría inventado igual.

Desde entonces, la vida comenzó a acelerarse exponencialmente. A un clic de distancia habitaban diversos deseos, paisajes, realidades, soluciones, cholulismos, tendencias de voyeurismo explícito y necesidades de trascender para ser noticia.

Ya para 2006 nació la aplicación denominada Twitter, un servicio de mensajería instantánea caracterizada por la posibilidad casi pulsional de enviar señales a la web en tan sólo 144 caracteres. El picoteo (como haría cualquier pajarito a partir de la onomatopeya «tweet») consolidó la vertiginosidad de una aldea de altísima intensidad en que ser y estar pasaban a ser sinónimo de acumular.

Asimismo, el uso de hashtags («etiquetas» que enlazan palabras o expresiones escritas sin espacios, antepuestas con la tecla numeral) y opciones para dar likes («me gusta») a determinados contenidos favoreció el tráfico de información, al punto tal de instalar todo un nuevo dialecto compuesto por vocablos como «viralizar», «retuitear» y «seguidores».

En 2010 irrumpió Instagram, la última parte de esta trilogía; su énfasis en la imagen la posicionó como líder para los usuarios de las comunidades virtuales. Aprovechando el desarrollo tecnológico de la telefonía celular, no solamente agilizó la costumbre de tomar fotos y compartirlas, sino que agudizó el narcisismo a partir de la proliferación de las «selfies» (tomarse fotografías a sí mismo).

Todos estos recursos generaron nuevas legislaciones. Por ejemplo, «el derecho al olvido» surgió como preocupación de personas con parientes fallecidos y que en su momento se habían establecido como usuarios. ¿Qué hacer ante la ausencia de alguien que puso en línea detalles de su vida, gustos e intereses; y ya no está para responder a los estímulos de una otredad que la tiene presente en sus contactos?

Además, al romperse los límites del mundo público y privado, lo interesante y lo superfluo, lo urgente y esperable, las redes sociales desde sus inicios van siendo acompañadas de algunos trastornos vinculados a la ansiedad, la dependencia, la soledad, la violencia y la hiper-subjetividad.

De todos modos, la mirada nunca debe perder la capacidad de amplificarse, porque también es cierto que estas comunidades pueden estimular campañas de solidaridad, encuentros culturales y acceso a una diversidad que da sentido a la existencia, entre muchas otras más ofertas.

Lo preocupante, en todo caso, pasa por la cuenta regresiva que acontece en cada día. Si nos situamos en un sistema capitalista que quita tiempo de vida, ¿cuánto le destinamos por jornada a estar conectados -y no comunicados- a redes que devuelven un espejo distorsionado de quienes anhelan verse de un modo distinto al que se muestran?

Si cada persona puede ser una potencial amistad, si cada idea o emoción es compartida inmediatamente, y si cada suceso es filmado o fotografiado, entonces hay una novedad que queda obnubilada. La permanente y obsesiva necesidad de ser noticia, mostrarse y exponerse, es síntoma de un individualismo lindero con una insoportable soledad que da curso a inevitables egoísmos.

La inmediatez impide pensar reflexivamente, una actitud que -lejos de concebirse como gesto burgués de contemplación- se vuelve importante para no incurrir en esa enfermedad social llamada alienación.

Esa misma inmediatez es la que opera como la velocidad en la física cuántica: a más aceleración, desaparece el espacio (¿por qué cuando el tren acelera ya no puede verse con nitidez el paisaje?). En otras palabras: cuanto mayor es la interacción en redes sociales, menor es el contacto en lugares comunes de esparcimiento.

Es difícil asumir que se asiste a un engaño según el cual este mundo contemporáneo divide a cada persona facilitándole un móvil, mientras luego se ocupa de agruparlo y segregarlo en sus comunidades virtuales.

Peor es que en nombre de la libertad de expresión, cada cual se sienta con el absoluto y cobarde poder de decir lo que se le plazca sin medir las consecuencias, generando efectos dañinos en otras personas; algo que con seguridad no sucedería cara a cara, porque muchos de los sujetos audaces en el pseudo anonimato de las redes sociales son los mismos que se apichonan al no animarse a defender ni sostener lo que han pronunciado por vía virtual.

Y todo lo expresado anteriormente, también vale para el tiempo de escritura de este texto, que tampoco escapa a la misma lógica: horas de vida que se van, mensajes que se crean sin saber por qué y para qué, ni siquiera para quién. Todo ello formando un combo que acompaña la ilusión de proyectar un ideal que satisfaga la autoestima.

 

F T I

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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