Un siglo con Bunge

Si se analiza detalladamente, no deja de sorprender la cantidad de personalidades argentinas que han contribuido con sus aportes al mundo de la ciencia, la política y la cultura.

Haciendo un breve repaso: César Milstein y Federico Leloir ganaron un Premio Nobel, mientras que René Favaloro creó el bypass; Ernesto Guevara capitaneó la Revolución Cubana; y Jorge Luis Borges junto a Julio Cortázar dieron curso a su pluma para escribir relevantes páginas de la literatura universal.

Más acá en el tiempo, y sin el impacto de aquéllos, todavía siguen siendo influyentes cientos de investigadores que día a día aparecen formando parte de ambiciosos proyectos como curar enfermedades o impulsar misiones espaciales.

En ámbitos académicos y de divulgación, se destacan Adrián Paenza (reconocido como uno de los mayores difusores de la matemática a nivel mundial); y el recientemente fallecido Mario Bunge, filósofo y epistemólogo, hombre de ciencia con prolífica obra repartida entre libros, conferencias, artículos, ponencias, ensayos y diversos trabajos vinculados al ámbito de las universidades.

Precisamente, Bunge (hijo de un médico y una enfermera; estudiante de Química y egresado de Física, ambas por la Universidad Nacional de La Plata) se consolida como referente de varias generaciones. Su extensa línea de tiempo atraviesa el primer peronismo, el posterior exilio y una última etapa reivindicativa de las políticas estatales de Argentina que favorecieron el desarrollo de la ciencia y la tecnología durante el período 2003-2015.

Fue alumno del escritor Ernesto Sabato, admirador del matemático Bertrand Russell y contemporáneo del empirismo lógico de Karl Popper, Thomas Kuhn e Imre Lakatos, una corriente epistemológica que asume como conocimiento científicamente puro todo aquello que pueda ser verificable mediante la experiencia.

Será por ello que el propio Mario Bunge emprendió una cruzada contra el psicoanálisis por no considerarla ciencia, afirmando -entre otras consideraciones- que las patologías mentales son enfermedades vinculadas estrictamente al cerebro.

Por razones políticas e ideológicas, el protagonista central de este texto dejó el país en 1963; vivió unos años en Estados Unidos, otros en Alemania y desde 1966 estaba radicado en Canadá.

Desde allí siguió fortaleciendo el vínculo entre filosofía y ciencia, ampliando su mirada social respecto de asuntos como la ética, la educación y la economía.

Había nacido en 1919. Vivió 100 años de edad. Con algo de ironía y mucho de seriedad, decía que entre las claves para llegar dignamente a la longevidad había que cumplir ciertos requisitos: no fumar ni tomar alcohol, tampoco leer a los existencialistas, trabajar aunque sea un poquito cada día y dormir una buena siesta.

Bunge fue un intelectual de vocación, alimentó polémicas con el afán de discutirlas y contribuyó al desarrollo de la filosofía de la ciencia, siendo sus intervenciones de una valía a gran escala.

Como tantas otras celebridades locales, su gloria se edificó fuera de Argentina; pero aún así, nada impide asumir que alguien de sus características  -nacido y criado en estas tierras, atento a un entorno que le fomentó curiosidades-  también nos pertenece.

Foto: Contrahegemonía Web

Bunge


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