El Robo del Siglo

A primera impresión, el asunto no resulta muy original. Desde que el sistema bancario se presenta como uno de los dispositivos más efectivos y perversos del capitalismo, asaltar una sucursal es la promesa de pocos, el sueño de algunos y el delirio de muchos.

No hay ficción pura si el episodio está basado en hechos reales; y a las pruebas es preciso remitirse: el Banco Río de Acassuso fue noticia en las primeras semanas del año 2006 por un robo perpetrado a partir de una logística compleja que incluyó rehenes, mentiras y amplias habilidades para convertir un grave delito en un juego con connotación adolescente.

Burlar a las autoridades, violar las leyes, encontrar la clave que permite ejecutar el atraco, ha sido la tarea de un grupo de delincuentes que rompieron con el estereotipo propio de la especie: cinco personas sin necesidades económicas, instruidos y dueños de una frialdad que les permitió llevar a cabo el plan minuciosamente perforado.

La película magistralmente dirigida por Ariel Winograd tiene la virtud de recrear momentos y diálogos de un hecho de público conocimiento pero que no incurre en obviedades. Instantes de humor, tensiones y sorpresas, se vinculan para darle sustento a una trama que no merma su expectativa hasta el final.

Además de las destacadas actuaciones – la picardía de Guillermo Francella con las obsesiones de Diego Peretti-, el argumento encuentra hallazgos en los modos de proceder ante un escenario complejo que llamó la atención en la Argentina de los 90 y principios de este siglo: el morbo de las cámaras de TV para mostrar en vivo y en directo las situaciones límites de delincuentes encapuchados y víctimas atrapadas con un arma apuntándoles, mientras las fuerzas de seguridad -megáfono mediante- comenzaban las negociaciones.

Entrar y salir, no ser atrapados, huir con millones por el trayecto menos pensado, es la ilusión irreverente de estos ladrones con algo de guante blanco y mucha calle alrededor.

La dialéctica del Amo y el Esclavo encuentra su correlato en las relaciones dadas entre policía y ladrones; y en ese vínculo estratégico, ¿quién termina mirando sin ser observado?

Si el crimen perfecto no existe -porque, en todo caso, hay investigadores que fallan-, el robo perfecto tampoco. Siempre hay un detalle que, aunque ridículo, termina siendo decisivo. Entonces, en esa mirada externa, el espectador completa la obra al armar el rompecabezas de lo que sucede. El panóptico de Foucault le permite unir las piezas que obviaron el Amo y el Esclavo.

Quizás, una de las enseñanzas más relevantes que deja El Robo del Siglo sea el hecho de que la mente humana puede diseñar caminos complejos pero no habita este mundo en soledad. Circunstancias causales o fortuitas pueden interponerse como obstáculos.

Así las cosas, un máximo secreto es capaz de caer cuando alguien decide delatar la miseria de la sociedad.

Ni siquiera se trata de un error sino más bien una de las expresiones en que se subleva la traición.

Thriller espectacular, con detalles de comedia dramática y suspenso permanente. Una película que saca a pasear algunoa trapitos de nuestra argentinidad, tal como evoca un mensaje previo a la fuga: «En barrio de ricachones, sin armas ni rencores, es sólo plata y no amores».

Foto: El Robo del Siglo (Instagram Oficial)

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