Marcas en los cuerpos

La historia del tatuaje es milenaria. Se encuentra difundida en tribus ancestrales, sectores del planeta lejanos al mundo occidental.

En Asia u Oceanía, también en África, servían como identificación y culto. Momias y cadáveres lograban ser pintados para brindarles homenaje.

Fueron prohibidos durante la Edad Media por esa hegemonía europea que ponía a lo sagrado de la religión en lo más alto, sin ninguna manifestación que pudiera ir en contra de su poder.

Más acá en el tiempo, colonización mediante, el tatuaje era una estrategia para reconocer a los pueblos dominados.

Luego, ya en plena Modernidad, su uso comenzó a expandirse para ser objeto de estudio de las ciencias: los tatuajes de la población carcelaria expresaban rasgos de personalidad que llamaban la atención a disciplinas (psicología, sociología, antropología) encargadas de interpretar sentidos y significados de las conductas que tenían los internos.

El movimiento hippie de los años 60 establece un antes y un después en la cultura de masas: los tatuajes se expanden complejizándose en diseños, colores y mensajes.

Primero, lo populizaron rockeros; y más tarde, deportistas.

Los tatuajes ya no son un detalle en la piel, sino un sustento que cubría grandes zonas del cuerpo.

¿Pero qué es lo que lleva a la consolidación de este fenómeno?

Parecen mantenerse las ideas de identidad y reconocimiento, presentes en los primeros pueblos. A ello, se suman expresiones de deseo o protesta, estilos de vida o sentidos de pertenencia hacia los orígenes.

Sin embargo, hay algo que no es menor: de tres décadas a esta parte, la globalización viene operando como un dispositivo del liberalismo económico para ejercer sus dominios e influencias. En nombre de la hipercomunicación y las libertades particulares, fomentó el aislamiento, el individualismo y la despersonalización.

Eso hizo que ante el monopolio ideológico que impactó siendo opresión en las subjetividades, surgiera como respuesta el culto al cuerpo, acaso único eslabón que puede quedar al margen del sometimiento.

Aun así, placer y dolor se encuentran en una era caracterizada por el narcisismo de las cirugías estéticas, los entrenamientos al límite en los gimnasios y las marcas en diversas regiones corporales (visibles o no visibles desde el exterior).

Ante estas realidades, quedan por descubrir ideales de belleza presentes en cada sociedad. ¿Cubrirse de tatuajes es negar al propio cuerpo? ¿Implicaría ello un rasgo paradójicamente espiritual? ¿O todo se trata de una simple tendencia cuyas consecuencias no siempre se logran asumir?

Resulta difícil considerar que los tatuajes sean una moda, sobre todo pensando que tienen esa conexión con la eternidad. Por más que haya maneras de borrarlos, la piel nunca quedaría igual. Se sabe, entonces, que esas marcas acompañarán hasta la muerte.

Tatuajes-historia


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