Las paradojas de Vilas

Guillermo Vilas (Mar del Plata, 1952) fue el más grande tenista argentino de la historia.

Ninguno de sus compatriotas sucesores logró equiparar la magnitud de su influencia.

No solamente lo amparan sus logros -top a nivel nacional: 62 títulos del circuito de ATP, siendo 4 de ellos en torneos de Grand Slam-, sino también la trascendencia que generó como ícono cultural; es decir, una personalidad destacada más allá del deporte.

Para entender el contexto: Vilas se dedicó profesionalmente al tenis, una actividad destinada históricamente a las élites.

Sus orígenes no fueron las de una persona carenciada que necesitó del deporte para sobrevivir, pero sí concibió al tenis como un trabajo al que le destinó esfuerzo, pasión y compromiso.

Su padre fue un escribano que tuvo una importante labor como dirigente del Club Náutico de Mar del Plata (ciudad de origen).

Allí Guillermo dio sus primeros pasos hasta edificar una extensa trayectoria de dos décadas (1969-1989) como tenista profesional.

Viajes.

Lujos.

Algunas mujeres famosas como ocasionales parejas.

Todo eso formó parte de un Vilas que solía escapar de los grandes flashes. Sus años dorados no lo encontraron siendo un cómplice aliado de la prensa general, la deportiva y la de espectáculos.

Más bien prefería ser noticia por lo que lograba hacer en el terreno de juego.

No fue un jugador de talento natural sino de notoria voluntad para superarse.

Aún así, patentó una maniobra pintoresca que tuvo su sello: la «Gran Willy», acción que consiste en impactar la pelota de tenis pasándola entre las piernas y de espaldas a la red.

Luego del retiro, poco y nada se supo de él.

Estuvo alejado de los grandes ruidos, pero siempre querido y respetado en los torneos internacionales, adonde iba invitando especialmente.

Dio partidos de exhibición así como también clínicas en varios lugares.

Hoy junto a su pareja tailandesa, son padres de cuatro hijos. La mayor en este 2020 cumplirá recién 15 años de edad.

Willy, tan particular adentro como afuera de una cancha de tenis, aprendió a convivir con esa doble combinación de ser una persona famosa pero no necesariamente popular.

Ahora luce más cercano al calor de la gente.

Algunos reconocimientos – en el orden del afecto- felizmente le llegaron.

Willy, quien siempre reflexionó atinadamente sobre la soledad que se vive en la cima de la fama, es un simple ciudadano del mundo que confiesa su necesidad de habitar siempre el verano.

A quienes le dicen que fue padre de grande, quizás les podría devolver una sonrisa.

Por un lado, porque para el amor no hay edad.

Y por el otro, porque como padre del tenis nacional fue capaz de ponerle una raqueta en la mano a los pibes nacidos en las décadas de los 70 y los 80.

 

 

 

 

 

 


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