Reivindicaciones

Apenas comenzado el show, el público se fue acercando.

Más, más y más.

Incluso, sobrepasando los límites de la rambla que la Municipalidad había designado para los dos músicos.

Sucedió entonces un reclamo: los pibes del skate sintieron invadido su legítimo espacio por la gente, ocasionales transeúntes que al sentir el latido de la música decidieron quedarse allí, a la espera de una buena nueva.

Así las cosas, un momento incómodo puso en tensión a dos generaciones: la joven, que quería practicar su deporte; y la más adulta, que clamaba por el derecho de presenciar un espectáculo.

Como corresponde en función de ser mayores, los artistas callejeros dieron el ejemplo.

Apelaron al diálogo.

Mantuvieron la calma.

Identificaron al otro.

Y pidieron por favor a sus seguidores si podían ocupar el lugar que la alcaldía les estipuló.

«Tratemos de entendernos entre todos. Si bien el espacio es público y nadie puede correr de un lugar a otra persona, sepan que trabajamos de esto desde hace once años y lo que realizamos con nuestros esfuerzos es juntar algo de dinero para llevar a nuestras casas».

Hay personas talentosas que aprendieron y perfeccionaron habilidades por su cuenta.

Que no han tenido un saber escolar o académico.

Y que muy probablemente hayan sido autodidactas.

Esas mismas personas son las que tiñen de color las tardes, llevando alegría y entrando en comunicación con una ciudadanía que se ubica en ronda.

Son las que invitan a bailar a esa casual afición que no les da la espalda.

Y también, los que logran que un muchacho con muletas tome impulso para moverse en la medida de sus posibilidades.

Los artistas callejeros demuestran que otros mundos son posibles.

Defensores de la cultura – en este caso, de géneros como el folklore, la chacarera, la zamba, entre otras-, se dedican a animar y celebrar la vida, estimular la alegría y las ganas de pertenecer.

Antes de pasar la gorra, procuran respeto y cuidado en sus palabras hacia los espectadores: dicen que no juzgan, que tanto una moneda, un billete o un abrazo, están muy bien como respuesta. Y que no se vayan sin mirarlos a los ojos.

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