Cuando la filosofía es contracultural

Nació en la antigua Grecia.

Tiene poco más de veinticinco siglos de historia.

Muchos de sus grandes exponentes están muertos.

Se inspira en preguntas más que en respuestas.

Está asociada a la acumulación del pensamiento y a la inutilidad.

No es considerada ciencia.

Tampoco una religión.

Actualmente, su presencia aparece discutida y cuestionada en los sistemas educativos oficiales de países como España (que promovió la campaña #SalvemosLaFilosofía) y Chile (haciendo lo propio con #DerechoALaFilosofía); alcanzando ese debate a otros lugares de América Latina, que le han recortado horas de clase.

Así las cosas, vale destacar que se trata de una disciplina siempre vigente; y por tal motivo, casi como si fuera un llamado a reconocerle entidad de saber transformador, la UNESCO determinó en 2005 que el tercer jueves de noviembre de cada año sea el Día Mundial de la Filosofía.

¿Cuáles son los argumentos?

En principio, su condición de fomentar vínculos de paz e integración de los pueblos. El diálogo es la posibilidad de interactuar con otras realidades, alojar diversidades y promover vías para la resolución de conflictos.

Lo anterior no es un detalle si se tiene en cuenta el grado de tensión que existe en diversas regiones del planeta, atravesadas por regímenes (económicos, políticos, sociales) que buscan imponerse contra la voluntad de los sectores más desfavorecidos.

Las últimas revueltas en Ecuador, Chile, Brasil, Bolivia, España, Francia, Hong Kong y Líbano, deben ser una alerta que ponga en discusión si el más grande invento de la humanidad es –justamente- la idea de lo humano.

¿Qué somos?

Una especie que piensa.

Pero esa misma razón capaz de generar tal acción intelectual es la misma que expone las diferencias al punto tal de incurrir en la violencia.

Daría la sensación de que permanentemente nos encontramos en un estado de naturaleza, buscando la manera de sobrevivir sin importar las consecuencias. De otra manera no se entenderían el hambre, la pobreza, la exclusión en general, el odio, la muerte por encargo.

Algo pasa desde el mismo instante en que el progreso de la ciencia abre la esperanza para curar enfermedades mientras crea bombas para destruir a poblaciones.

En ese aspecto, la filosofía vendría a movilizar interrogantes.

Despertar conciencias.

Crear sentido de comunidad.

Como si la segregación fuera una herencia natural y todo aquello que comporte unidad, acuerdo, integración, debieran ser construcciones sociales.

Lo preocupante pasaría por ignorar a qué riesgos se exponen las comunidades.

Un error en Arquitectura puede generar el derrumbe de una casa.

Una equivocación en Abogacía, condenar a un inocente.

Una falla en Medicina, la pérdida de una vida.

No menores son los desvíos de la Filosofía, que de buenas a primeras tiene la facultad de ocasionar un genocidio, un golpe de Estado o la persecución obstinada hacia determinadas disidencias.

¿Quiénes atentan contra la Filosofía?

Especialmente, los sectores que apelan a dogmas irrenunciables, que se niegan a diálogos o instancias de posibles consensos, que anulan toda oportunidad de expresión encomendándose a prácticas reduccionistas y hegemónicas de poder concentrado en los intereses de las minorías.

En estos tiempos, proliferan los debates sobre los derechos de los pueblos originarios, las formas de gobierno, la diversidad sexual, los estilos de vida como el vegetarianismo o veganismo, la defensa del medio ambiente, y los denominados colectivos (grupos que se congregan en favor de determinadas causas, muchas de las cuales tienen fines altruistas).

En virtud de todo ello, el Día Mundial de la Filosofía debe ser un llamado a la reflexión y la acción sobre los destinos que nos incumben como sociedad.

Es, también, una apelación a responsabilidades que ningún actor de la comunidad debería ignorar.

Esta fecha no es patrimonio exclusivo de quienes ejercen profesionalmente roles vinculados a la Filosofía: ni los académicos (no necesariamente filósofos/as) ni los docentes (no necesariamente educadores).

No pasa por recitar ideas encumbradas a lo largo de la historia; tampoco por mencionar a Platón, Descartes, Nietzsche o Sartre, como autores de cabecera (lo cual, en ocasiones, hasta adquiere vicios de plenos actos de arrogancia).

No nos olvidemos que si existe algo así como un espíritu de la filosofía, ése lo ha encarnado el propio Sócrates, interpelando en las calles a cualquiera que se le cruzara, siendo cuestionador incansable, una expresión contracultural a las tendencias de su tiempo.

De ahí en más, es posible ser mejores ciudadanos.

Foto: Reprofich Valparaíso (Instragram)

 

Derecho a la Filosofía


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