¿Con qué Alfonsín nos quedamos?

(Reflexiones a 10 años de su adiós).

La edición de febrero de la Revista Caras y Caretas planteó el desafío y lo logró con creces. En un número dedicado al presidente que le devolvió la democracia a los argentinos, indaga en las razones que permiten valorar sus decisiones pero también cuestionar algunas otras.

Raúl Alfonsín fue un político de raza, de ésos que ya parecen estar en extinción. Un dirigente que dedicó toda su vida a un ideal que supo abrazar con honor: ser Presidente de la Nación electo por la ciudadanía en 1983 y con un cargo vigente hasta 1989.

El relato hegemónico que hay en torno a su figura lo eleva a la categoría de prócer posmoderno: «Padre de la Democracia» es un título bien ganado por ser el hombre que visibiliza la ruptura con el orden perverso de los años más oscuros, aquellos que correspondieron al Terrorismo de Estado del período 1976-1983.

Su gobierno constitucional comienza en un 1983 auspicioso y se consolida con dos años siguientes (1984, 1985) en que -acaso- lleva a cabo sus acciones de gobierno más representativas y reconocidas aún: los Juicios a las Juntas Militares, la génesis del Nunca Más y la apertura a libertades que hicieran de la democracia no solamente un régimen de Estado sino también una forma de vida.

Sin embargo, a partir de 1986 va cediendo esa primavera política que fue sinónimo de confianza y votos, viéndose acorralado por los escombros de militares que -aún en retirada- todavía lograban tener cierta influencia.

La Ley de Punto Final y Obediencia debida fue una negociación que el vigente Jefe de Estado decidió acompañar no solamente para acelerar y culminar los Juicios sino también para poder seguir gobernando ante un sector que en la amenaza y la presión constantes -siempre en pos de evitar condenas perpetuas- adujo haber acatado órdenes de los superiores para secuestrar, torturar, desaparecer y matar personas.

Ese paso atrás marcó un antes y un después en el alfonsinismo, que a su vez no pudo hacer frente a la hiperinflación y la recurrente huelga de diversos gremios, tornando la situación del país insostenible hacia finales de la década del 80.

De todos modos -vale reconocerlo-, Alfonsín tuvo un acto de grandeza en medio de la adversidad: cedió el poder antes de tiempo, a seis meses de culminar su mandato. Lo hizo en nombre de la democracia que tanto había costado devolver al sentimiento patriótico de los argentinos.

Luego, el hombre que hizo falta nunca volvió a tener tanta influencia política como hasta entonces.

De a poco, fue quedando relegado del partido de la Unión Cívica Radical; asimismo, se vio envuelto en polémicas al acordar con su sucesor Carlos Menem el denominado Pacto de Olivos, que impulsó una Reforma Constitucional en 1994 capaz de consolidar el auge de las políticas neoliberales en un país cuya democracia debía seguir en etapa de expansión y no concentrarse en monopolios (hermano de la exclusión y la pobreza).

Alfonsín no logró ser el referente que salvara a su partido del ostracismo, siendo el radicalismo una fuerza más debilitada con el frustrante paso de Fernando de la Rúa por la Presidencia (1999-2001).

De allí en más, las luces se apagaron.

Alfonsín emprendió una silenciosa retirada.

Volvió a ser noticia el último día de marzo del año 2009, fecha en que falleció y también pasó a la inmortalidad.

En una despedida con honores, el cortejo atravesó las calles principales de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires para inmediatamente ser velado en el Salón Azul del Congreso Nacional.

Allí, se dio cita un gran conjunto de dirigentes contemporáneos a él, partidarios y opositores, que reconocieron en su investidura la valía de un hombre al que -aún en sus aciertos y errores- lo definió la integridad.

No es fácil lograr eso.

Y quizás valga decir también que su persona ha devenido imagen idealizada por oposición al imaginario social que pesa sobre la clase política que le sucedió: la corrupción y el personalismo, por ejemplo, no lo salpican.

Alfonsín es sinónimo de político honesto en un país que tiene poco más de 30% de pobres, sigue con problemas graves en materia de seguridad, salud y educación; y gran parte de su población subsiste en un contexto de ajustes y pleno desempleo.

¿Alcanza su modo de ser y proceder para tenerlo en la gloria?

Para algunos, sí; para otros no.

Y en esas opiniones divididas subsiste la sensación de que sin ser poco lo que ha logrado, pudo haber realizado mucho más.

Foto: Caras y Caretas

Alfonsín

 

 

 

 

 

 


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