Ejercer la docencia

Marzo es el mes del comienzo de clases.

Del guardapolvo, el pizarrón, los lápices y las tizas.

Del izar la bandera.

Del encuentro entre docentes y estudiantes en esa segunda casa llamada escuela y que al mismo tiempo es familia.

Allí hay muchos menores que cada día desayunan o meriendan por no tener esa oportunidad en un país cuyas políticas económicas han quitado el pan de la mesa.

¿Pero qué pasa cuando las aulas quedan vacías?

Los maestros que luchan están enseñando.

Salen a las calles para visibilizar un reclamo que es el mismo de siempre.

El mismo dolor.

La misma ausencia.

Los mismos gritos desesperados ante la sordera de un Estado que -en vez de contener, respetar y valorar- segrega y humilla.

Genera tristeza llegar a estas instancias límites en que los trabajadores se sienten explotados; y en cuya resistencia está la línea que separa -por ejemplo- el hecho de tener un plato de comida o no.

Mientras tanto, ¿quién piensa en los niños y adolescentes; en los estudiantes universitarios que también son afectados por la medida de fuerza?

Más allá de cada caso particular (habrá quienes tendrán más y menos urgencias), el docente sigue siendo esa pieza tan indispensable como solitaria para una sociedad gobernada por dirigentes que no muestran la misma autodeterminación ante el FMI y el empresariado.

En otras palabras: la educación no les importa.

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