El fin de la inocencia

La semana pasada hubo una noticia que trascendió a todas: el colectivo de Actrices Argentinas convocaba a una conferencia de prensa para hacer una denuncia a cargo de una de sus integrantes; si bien la voz cantante la tendría una persona, iba de suyo que la misma contaba con el apoyo de todas las compañeras que hacían causa común ante la magnitud de los hechos.

Thelma Fardin habló y dijo. El país la escuchó. Trajo a colación episodio acontecido a sus 16 años de edad.

En un video de algunos minutos confesó que hace poco menos de una década -cuando era parte del elenco de Patito Feo, una serie que trascendía fronteras y se presentaba como un programa de televisión para toda la familia- fue abusada y violada por el reconocido actor Juan Darthés -en aquel tiempo de 45 años de edad- mientras se encontraban grabando en Nicaragua.

El testimonio fue entre llantos y pausas, con una firmeza que puso en alerta a toda una sociedad que desde hace un tiempo a esta parte necesariamente se encuentra interpelada por mujeres que cambian silencios por palabras y reemplazan sumisión por libertad.

No solamente la acusación es gravísima sino también el posterior intento de defensa del destinatario, que en un móvil dado a una de los aves de rapiña del periodismo vernáculo, validó la escena del hecho y se justificó recordando que le había dicho a la por entonces adolescente: «vos tenés novio», como si la circunstancia de que ella estuviera en pareja anulara la posibilidad de mantener relaciones sexuales.

Así las cosas, es necesario establecer algunas consideraciones parciales:

  • Si bien uno de los principios del Derecho sostiene que toda persona es inocente hasta que se demuestra lo contrario, la denuncia pública en cuestión pone de manifiesto que una importante parte de la sociedad descree del sistema jurídico, el mismo que -por ejemplo- no encontró culpables a los asesinos de Lucía Ríos por una interpretación de un Juez que entendió un vínculo de iguales y consentido entre adultos y menores que se juntan a consumir drogas y mantener relaciones sexuales, derivando luego en la muerte de una mujer como producto de un supuesto acto irresponsable a los 16 años de edad. Lo que se dice, una aberración.
  • Cualquier relación, insinuación y contacto de índole sexual entre una persona mayor de edad y otra menor, inmediatamente convierte en responsable al sujeto adulto. El «mirá como me ponés» del hombre que no controla sus instintos ante la presencia de una menor de edad es trasladar la responsabilidad a la víctima. Él no se hace cargo de su acto desenfrenado, sino que carga las culpas al deseo sexual que según su concepción proviene de la adolescente. Eso es criminalizar a la víctima y está en el mismo plano de la corriente machista que está empecinada en cargar las tintas contras esas jóvenes que de alguna manera -según ellos- deben pagar por sus directos o indirectos actos de provocación.
  • Tan alarmante como lo que aquí se denuncia es el repudiable accionar de los medios de comunicación masivos, muchos de los cuales construyeron hegemonía al cosificar a la mujer haciendo bromas de mal gusto y denigrándola para cosechar más puntos de rating. La sexualidad es un negocio y su exposición también. Quienes alentaron y llevaron al extremo ese costumbrismo violento e indignante contaron con la complicidad de una audiencia que crecía exponencialmente cuando se mostraba lo prohibido. Por eso es un problema social que en efecto devino un cambio cultural: los mismos reyes del espectáculo y la farándula son quienes actualmente hacen causa común al estar en otro bando, sin ejercer autocrítica por el pasado que ayudaron a consolidar. Pero a no engañarse: en esencia siguen siendo iguales, prostituyéndose al mejor postor, entregándose a las bondades de lo que la audiencia necesita ver o escuchar.

No debe verse esta revolución solamente como una conquista del feminismo; o mejor dicho, es necesario evitar reducirla a ella. Aquí hay una cuestión de derechos que abraza a varios actores de la sociedad, incluidas las feministas.

Quienes están a favor del colectivo, ponderan sus iniciativas y logros; quienes no comulgan con ellas, impugan sus procederes.

Ni una cosa ni la otra.

En todo caso, al feminismo le caben las mismas virtudes y defectos que a otros movimientos de lucha y reconocimiento social: ninguna revolución fue pacífica ni desprovista de contradicciones; y en esto no hay un juicio de valor, porque el escenario social está planteando un debate más político que ético.

Por último, es recomendable una excelente entrevista a Rita Segato -reconocida antropóloga especialista en estos asuntos- que salió en la edición de Página 12 del domingo 16 de diciembre del presente año. En ella, la académica reivindica la lucha feminista pero toma sus recaudos, haciendo eje en una preocupación que la atraviesa: que el movimiento no se convierta en todo aquello mismo que cuestiona. Asimismo, resalta la valentía de Thelma Fardin pero pone reparos en cómo se la mostró: un video cuidado, con una puesta en escena que convierte el relato en el discurso de una heroína linda, actriz, que llora como si estuviera en un cuento de hadas, debiendo pedir el auxilio de un príncipe salvador; todo lo cual, en la simbología, no hace un corte con el sistema Patriarcal sino que de alguna manera lo reproduce.

El debate recién empieza, quedando mucho por hacer y más por defender.

Bienvenida la denuncia de Thelma porque activó otros casos perdidos y que animan a hablar a quienes históricamente quedaron postergadas por no poder pronunciarse ante la violencia machista.

A no quedarse solamente con esto ni tampoco hacer un show mediático.

Detrás de cada cara famosa hay un montón de personas anónimas sufriendo humillaciones.

Y ante este nuevo estado de cosas, surge además otra pregunta: ¿qué idea de masculinidad se está imponiendo y redefiniendo socialmente?

Foto: Política del Sur

Thelma

 

 

 

 

 

 


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