Violencia también es mentir

¿De verdad seguís pensando en «qué lejos estamos de Europa» como si ése fuera un parámetro a conquistar?

Porque si el fútbol ha dejado de ser un juego y un deporte, en parte se lo debemos a la colonización de las pasiones.

Queremos un césped pulcro que no tenemos; tribunas calmas, cultas y civilizadas, que muy lejos están de formar parte de nuestra realidad; consumir un producto que es la exaltación de los excesos: de dinero, de show, de una industria que se nos instala y vive a costa nuestra.

No tenemos que mirar a Europa, que nos roba esos talentos que acá se visten de manera simple y allá empilchan con traje y corbata, que acá ningunean a la prensa y allá se muestran respetuosos y atentos ante los micrófonos.

Hagámonos cargo de la estupidez que nos atraviesa al quedar estigmatizados ante programas de fútbol en que unos panelistas sin preparación gritan para convencerte de sucesos que no te van a cambiar la vida, de los medios que te hablan del «partido del siglo» y juegan con los límites de la gloria eterna y la humillación perpetua. De ganar como sea, de dejarlo todo, de dar hasta la última gota de sudor, de una cultura del aguante que destroza lo más lindo de jugar a la pelota.

Nos estamos olvidando de que todos alguna vez pateamos un balón.

Que infinidad de pibes esquivaron la droga por apostar a la pureza del deporte.

Y que otros tantos cambiaron su destino: se volvieron más buenos, cosecharon amistades, evitaron caminos como el de la delincuencia. O simplemente, le quisieron dar sentido a una vida que de a poco los Dueños del Mundo nos arrebatan de prepo cuando te venden como superhéroes a futbolistas que van al baño como vos y que nunca van a ser más importantes que tu familia o tus afectos más cercanos.

Soñábamos con tener una fiesta y estamos más preocupados por nuestra imagen internacional que por lo que debemos corregir.

Para qué comparar con el afuera.

Mejor la introspección.

Crecer como sociedad.

Aprender que más policías en las calles no mejoran los comportamientos, y que la decisión conductista de prohibir la entrada a la parcialidad visitante tampoco elimina la violencia.

La incapacidad debe alarmarnos.

Había que montar un operativo para cuidar a treinta tipos que llegaban en un micro para protagonizar un partido de fútbol.

Y no supieron ni quisieron cuidar el espectáculo.

Destrozaron vidrios.

Arrojaron piedras.

Los violentos perdieron el negocio pero no las mañas.

Y mientras tanto, la organización del evento recibiendo presiones e imponiendo condiciones para que se jugara el partido a como diera lugar.

¿Por qué nos deberían importar los derechos que compraron las empresas extranjeras, si nos chupan la sangre día a día? Saben que esto es el fútbol argentino y que al contratar un paquete publicitario también corrés el riesgo de que acontezca la barbaridad de no poder disputar una final con los equipos más populares del país.

«Qué lejos estamos de Europa».

Y sí.

Pero si estuviéramos más cerca no andaríamos mejor.

Violencia Libertadores


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