Aborto: el debate que llegó al Congreso

Se puede estar de acuerdo.

Se puede estar en contra.

Se puede no tener una opinión formada.

Pero lo que resulta cierto es que las reglas de la democracia también permiten la pluralidad de voces, algunas de las cuales emergen con tanta fuerza y vivacidad que logran ponerse cara a cara con la tradición hasta hacer tambalear valores que nunca se habían puesto en duda hasta el momento.

El momento es histórico porque coloca en el centro de la discusión una problemática álgida, tensa, controversial, muy difícil de ser analizada.

Intereses encontrados e irreconciliables interpelan, porque primeramente nos hablan de la vida, la muerte, la sexualidad (asuntos tan íntimos como intensamente humanos, imposibles de pasar por alto); así como también de valores, derechos, creencias y deseos de justicia social.

El debate sobre la despenalización y legalización del aborto llegó al Congreso y este miércoles 13 de junio la clase dirigente deberá tener la responsabilidad de representar a una población que está enfrentada, con posturas a favor y en contra casi en la misma proporción.

No solamente eso; la tarea es aún más compleja: se impone la necesidad de legislar; y en ese caso, el carácter ha de ser universal.

¿Cómo establecer leyes para toda la comunidad cuando -se tome la decisión que se tome- habrá una importante parte del país en desacuerdo, puesto que no existe unanimidad ni consenso en ningún caso?

¿Cómo estar en contra del aborto legal cuando las prácticas clandestinas son la principal causa de muerte materna en Argentina?

¿Cómo pedir estar a favor cuando existen fundamentos de que la vida comienza desde el momento de la fecundación?

En caso de aprobarse, ¿estarían dadas las condiciones para intervenciones seguras?

¿Qué presupuesto y capacitaciones se destinarían a tal efecto?

Todo testimonio conmueve: desde el aprovechamiento que hacen profesionales que recurren a prácticas insalubres y lucran con el dolor de las mujeres (muchas de ellas condenadas a la muerte) hasta aquella gente que se emociona por saber que pudiendo haber sido abortados finalmente nacieron y transitan por esta vida que por lo pronto es una sola.

Las posiciones no dejan de ser respetables pero siguen sin responder a la pregunta principal: ¿debe o no legalizarse el aborto?

El asunto es político porque tiene que ver con las leyes y los derechos humanos.

Gnoseológico porque plantea la cuestión de la verdad acerca de qué es la vida y cuándo puede hablarse de persona.

Ético porque se vuelve redundante la duda sobre lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto: desde las decisiones de quienes dicen sí o no, hasta los cómplices que buscan hacer negocios, sin obviar a aquellos que se vuelven reticentes a interactuar con la postura opuesta.

Psicológico porque intervienen las nociones de duelotrauma.

Sociológico porque repercute en la condición de clase: quienes acceden a las prácticas más seguras son los sectores de mayor poder adquisitivo.

Científico y religioso porque la salud y los dogmas -en este caso- van por caminos separados.

¿Cómo poder encontrar una salida a este dilema, algo que lleve a la consecución del bien común?

La consigna de «educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir» de ninguna manera está haciendo una apología del aborto.

Que quede claro: nadie quisiera pasar por la interrupción voluntaria de un embarazo, una práctica dolorosa y de mucho riesgo, con complicaciones de diversa índole.

Lo que reclama una importante parte de la sociedad -incluido el público adolescente– es una educación sexual integral que enseñe los cuidados del cuerpo propio y también del otro, la libertad a la hora de vivir una sexualidad atenta y responsable, la inclusión de una diversidad que no se corresponde con una unívoca manera de ver el mundo ni adhiere a valores que no deberían por qué ser hegemónicos.

La exigencia de la legalización del aborto nunca dice: «¡Vamos a abortar!», sino que pretende poner en igualdad de condiciones a personas que deben estar bajo la tutela de un Estado que no debería nunca discriminar en cuestiones de derecho a la salud y a la educación.

¿Qué queda para las personas que se oponen? La libertad de elección acorde a sus creencias, convicciones y valores. Quienes nunca abortaríamos, no necesitamos de leyes que avalen nuestras decisiones.

Foto: Ámbito Financiero

Aborto debate

 

 

 

 

 

 

 


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