Los argentinos y el fútbol

Hay una relación patológica entre gran parte de la sociedad argentina y el fútbol, concebido como algo mucho más que un simple deporte: se trata de una manifestación cultural, apasionada y enfervorizada, que conduce a fanatismos dignos de ser analizados como fenómeno social.

A poco más de un mes para el comienzo de una nueva Copa del Mundo, el hecho no pasa desapercibido porque es precisamente en ese acontecimiento donde se exponen los extremos de una población ciclotímica y bipolar, que oscila entre la ilusión y el desencanto, la alegría y la bronca, la euforia y la violencia.

El fútbol deja de ser un juego cuando queda en el laberinto de una máxima imposible de justificar: ganar como sea.

Desde los medios de comunicación se agita esa exigencia que atraviesa todos los órdenes de la vida, porque la delgada línea entre el éxito y el fracaso impacta en una ciudadanía que -entre otros asuntos- padece cada día la falta de paciencia y se aleja de la idealización con que asume la experiencia siempre lejana de felicidad.

Por tales motivos, crece el deseo así como también la frustración.

Y en esa soledad que se vive en la era del individualismo, hay causa común cuando delante de los móviles, las computadoras, los televisores, las radios o presenciando en vivo lo que sucede en una cancha, cualquiera se siente formando parte de un cuerpo colectivo.

Entonces, quienes te representan se vuelven aliados cuando el triunfo dibuja sonrisas sin ninguna mezquindad, pero son una vergüenza mientras haya recurrencia en el desenlace de derrotas.

El fútbol es un fenómeno policlasista en este país, instalado por los ingleses cuando emigraron hacia nuestro territorio desde fines del siglo XIX; y desde la década del 70 se consolida como industria de un negocio en la sociedad del espectáculo.

El ser argentino es una cualidad difícil de explicar. En definitiva, pasa lo mismo que con los demás vecinos de América Latina: el tema de la identidad es una problemática aún no resuelta. Se construye día a día pero sus oscilaciones son más que elocuentes. Al decir de Eduardo Galeano, quizás seamos la región más diversa del planeta; y eso podría ser la clave para comprender mucho de lo que está pasando.

Lo que resulta preocupante es cómo cualquier tipo de manifestación popular expresa sin tapujos el carácter de una sociedad que no tolera las adversidades y que coloca en una vara muy alta la exagerada ponderación de la victoria como factor de legitimación para ser, poseer y disponer.

Probablemente, haya una proyección en el otro de algo propio que no se tiene.

Los futbolistas de élite que marcan tendencia en las principales ligas del planeta son esas personas millonarias que cargan con la cruz de justificar algo así como una culpa: deben pagar con la deuda de ser ricos para alegrar a gente que jamás lograría tener el mismo dinero que ellos ni aunque recorrieran muchas vidas. Asimismo, son los responsables de cambiar el ánimo de ciudadanos que caen derrotados todo el tiempo: por jefes que los maltratan, salarios que no alcanzan, amores que no se concretan, proyectos que se desvanecen.

Pero hilando más fino aún: ¿nos deben algo esas personas que hacen del fútbol un trabajo, muchas veces despojándose de todo espíritu amateur? ¿Tienen la obligación de darnos una felicidad que se nos niega? ¿Por qué han de soportar las injurias de aficionados que les exigen ganar como único objetivo posible?

Se viene el Mundial y mejor será pensarlo como excusa para juntarse con los afectos, aprovechar esos momentos que de alguna manera unen y recordar a Alejandro Dolina cuando en uno de sus cuentos nos enseña que es preferible perder con amigos a ganar con desconocidos.

Foto: http://www.sports.ndtv.com

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