El miedo a morir joven

La fragilidad humana está dada por diversas realidades e imposibilidades; entre ellas, una aspiración que jamás podrá concretar por verse anulada desde su enunciación: el deseo de inmortalidad.

Si bien -gracias al desarrollo de la ciencia– la esperanza de vida aumenta de generación en generación, resulta cada vez más complejo comprender la idea de final; sobre todo en un contexto atravesado por la aceleración del tiempo, capaz de anular la concepción del espacio: a más vértigo, menos lugares.

Pensemos en el mundo virtual.

Las redes sociales.

La hipercomunicación.

Los medios masivos de comunicación.

En algún punto, no existe más la ausencia: se puede ser sin necesidad de estar. El chat, el móvil, el ordenador; todos ellos son ventanas que se abren a partir de un dispositivo como el de una pantalla, instalando nuevas nociones de verdad y realidad.

(Vivir permanentemente online modifica estructuras básicas del cerebro).

Y así, en la cultura del confort, sucede la emergencia  del hombre light, que persigue el ideal de tenerlo todo sin costarle nada.

En ese sentdo, se imponen nuevos paradigmas como el de la eterna juventud y máximas insostenibles sintetizadas en afirmaciones contundentes como «vivir cada día como si no hubiera mañana», casi una invitación a una sobreexigencia para lo cual no estamos preparados.

¿Y eso por qué?

Porque en la modernidad líquida (Bauman dixit), la vida se ha vuelto volátil, frágil, insatisfecha. La demanda de consumo genera la conciencia de que otras realidades pueden ser mejores, incluso que las muy buenas o excelentes que estemos atravesando.

Foto: http://www.tonterias.com

Vértigo


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